Emmerson Mnangagwa ha ganado las elecciones presidenciales de Zimbabue por segunda vez y después de un mandato en el que los zimbabuenses han seguido enfrentándose a algunos de los mismos problemas que cuando llegó al poder: inflación, escasez energética y represión de la disidencia.

Mnangagwa, de 80 años, se legitimó así una vez más en las urnas el pasado 23 de agosto tras vencer en los disputados comicios de 2018 y después de llegar al cargo en 2017 como consecuencia del golpe militar contra el ya fallecido Robert Mugabe (1980-2017).

Conocido popularmente como «Cocodrilo», el jefe de Estado logró hace cinco años una victoria recurrida ante la justicia por la oposición por presunto fraude, pero avalada por el Tribunal Constitucional del país.

Sin embargo, las promesas de cambio que le granjearon el apoyo de la población entonces no se han materializado del todo.

Así, aunque han aumentado las inversiones extranjeras y el sector de la minería ha crecido -el país tiene las mayores reservas de litio de África-, Zimbabue se enfrenta todavía a una grave crisis energética y a un elevado coste de la vida.

El país ha sufrido una inflación feroz en los últimos años, con la moneda local, el dólar zimbabuense, habiendo perdido el 86% de su valor entre los pasados meses de enero y junio.

Asimismo, la campaña electoral se ha visto marcada por las denuncias de represión contra voces disidentes, la prohibición de mitines de la oposición y el procesamiento con motivación política de dirigentes opositores.

En cuanto a la esperada apertura internacional tras el aislamiento bajo Mugabe, Mnangagwa ha solicitado la readmisión de Zimbabue en la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth), pero el país sigue sufriendo sanciones de Occidente, ante lo cual el mandatario ha buscado un acercamiento con Rusia y China.

Nacido en la región central de Zvishavane dentro de una familia Karanga (el mayor clan de la mayoritaria etnia Shona), el presidente se ha casado tres veces, es padre de nueve hijos y se le considera uno de los hombres más ricos del país.

Durante casi cinco décadas, vivió a la sombra de su antecesor y su mentor, que dominó la escena política zimbabuense con mano de hierro al frente de la gobernante Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF) desde la independencia del Reino Unido en 1980.

Una facción del partido, afín a las ambiciones de poder de la primera dama, Grace Mugabe, forzó la destitución de Mnangagwa como vicepresidente, pero esto tuvo un «efecto bumerán», ya que el Ejército, viejo aliado del mandatario, se rebeló contra los conspiradores y acabó consiguiendo la dimisión del propio Mugabe.

El actual líder de la ZANU-PF tiene un pasado oscuro: como ministro de Seguridad tras la independencia jugó un papel clave en la matanza de más de 20.000 miembros de la etnia Ndebele.

La «operación Gukurahundi», que muchos califican de genocidio, fue una purga étnica contra simpatizantes de la Unión del Pueblo Africano de Zimbabue (ZAPU).

Se saldó con la fusión de la formación con la ZANU-PF y le valió a Mugabe su ascenso definitivo a la Presidencia en 1987, ya que hasta entonces gobernaba como primer ministro.

Mnangawa también es acusado de maquinar la represión de la oposición en las últimas décadas pero, frente a ese pasado, el mandatario aseguró en 2018 que se había vuelto «suave como la lana».

No obstante, el presidente es visto como una nueva cara del viejo orden por los diferentes partidos opositores, entre ellos la Coalición de Ciudadanos por el Cambio (CCC), creada en enero de 2022 tras la refundación de la Alianza del Movimiento por el Cambio Democrático, y liderada por su principal rival en estos comicios, Nelson Chamisa, de 45 años.

Durante la lucha anticolonial, Mnangagwa formó parte de un grupo de jóvenes independentistas apodado «la pandilla de los cocodrilos» -lo que le valió su actual apodo- junto a los que hizo estallar una locomotora.

Aunque fue condenado a muerte por esos hechos, al ser entonces menor de 21 años, el mandatario, cuyo apodo también responde a su conocida astucia política, pasó finalmente nueve años en la cárcel a cambio de librarse de la ejecución.

Esta fue una de las primeras veces que demostró su innato instinto para sobrevivir, algo que parece seguir haciendo ahora en el plano político, dando un nuevo «mordisco» electoral para mantenerse en el poder.

You missed