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  • Dinamarca Federico X, el enigma de un rey al que le faltó talla como heredero
  • Abdicación Margarita II firma su abdicación y hace rey a Federico X

Federico X, el primogénito de Margarita II de Dinamarca, no sólo es desde el pasado 14 de enero el nuevo rey del país nórdico, con las prerrogativas que hoy en día son propias de la práctica totalidad de monarcas parlamentarios en las democracias occidentales. En el mismo momento de la histórica abdicación de su madre se convirtió también en el primado de la Iglesia del Pueblo Danés, la principal religión de esta nación de cinco millones de habitantes en la que se encuadran alrededor del 72% de todos ellos, según datos de 2023 del Ministerio de Asuntos Eclesiásticos, aunque las estadísticas indican que menos del 10% de los daneses acude de forma regular a misa.

Si sorprendente resulta que quien arrastraba hasta hace unos días el mote de príncipe turbo y que como heredero ha sido un auténtico bala perdida -el affair Genoveva Casanova fue la guinda del curriculum– sea de pronto cabeza de una Iglesia -casi a la par que el mismo Papa de Roma, por poner un ejemplo-, cuesta entender también que en una democracia europea tan avanzada Estado y religión estén tan mezclados. Porque ni siquiera es comparable la situación del monarca danés y la del británico. Sabido es que Carlos III es igualmente cabeza de la Iglesia anglicana. Pero en Dinamarca compete al Parlamento legislar sobre las cuestiones que afectan a la religión mayoritaria. Razón por la que, probablemente, estamos ante la más liberal del Viejo Continente. Y ahí ya no desentona tanto ver a Federico X como sumo pastor.

Esta realidad explica por qué el nuevo rey ha querido que los actos de su proclamación culminaran este domingo con una misa de acción de gracias en la catedral de Aarhus, la segunda ciudad más populosa del país. Se trata de un templo muy vinculado a la familia real, al que suelen acudir cada año para participar en los oficios de Navidad o de Semana Santa.

Los reyes junto a sus cuatro hijos, saludan a los ciudadanos.
Los reyes junto a sus cuatro hijos, saludan a los ciudadanos.Mikkel Berg PedersenAP

La dinastía casi al completo -los reyes junto a sus cuatro hijos, la reina Margarita y la princesa Benedicta– asistió a la ceremonia, que dio comienzo minutos después de las dos de la tarde, presidida por el confesor real y obispo de la diócesis local, Henrik Wigh-Poulsen, en la que estuvieron presentes el Gobierno danés, miembros del Parlamento, obispos de todo el reino -incluidas Groenlandia y las Islas Feroe- y 400 ciudadanos afortunados que a principios de semana agotaron las localidades en menos de cinco minutos.

Bajo una intensa nieve, los miembros de la familia real llegaron en coche oficial desde su residencia vacacional en el Castillo de Marselisborg, y durante todo el trayecto hasta el templo fueron saludados por miles de ciudadanos, en el segundo baño de multitudes para Federico X en una semana.

La reina Margarita accede al templo acompañada por el confesor real.
La reina Margarita accede al templo acompañada por el confesor real.Bo AmstrupAFP

«Federico X marca un deseo de continuidad en relación con la Iglesia«, explicó el historiador y experto en la Casa real Sebastian Olden-Jorgensen al diario Kristeligt Dagblad.

Preocupación en sectores cristianos

Y es que algunos sectores y organizaciones cristianas habían dado señales de preocupación por que el nuevo reinado marcara una ruptura en el cuidado por las tradiciones religiosas que siempre tuvo Margarita II en sus 52 años como soberana para dar paso a una etapa mucho más secularizada. El diario democristiano Kristeligt Dagblad, como altavoz de esas cuitas, tachó de «preocupante» la ausencia de menciones a Dios en el discurso de proclamación del nuevo rey, así como en su divisa, el lema que elige cada monarca -el de Federico X es Unido, comprometido, por el reino de Dinamarca; el de su madre era Ayuda de Dios, amor del pueblo, fuerza de Dinamarca-. Pero el flamante soberano ha querido dejar claro que él por supuesto es luterano y que considera que la idea de Dios esta embebida en la noción de unidad. Además, en el libro Palabra de Rey, que se ha publicado en tiempo récord con motivo de su ascenso al trono, subraya que «los daneses estamos moldeados por valores cristianos como la fe, la esperanza y el amor».

Con todo, voces como la de Nikolaj Bøgh, concejal y candidato parlamentario por el Partido Conservador, han reclamado que la proclamación de los reyes de Dinamarca recupere, como en siglos pretéritos, la bendición del obispo de Copenhague en una ceremonia religiosa al estilo en que el rey británico es ungido con los santos óleos por el arzobispo de Canterbury.

El trono de Copenhague está vedado a cualquier aspirante que no profese la fe luterana, dado que, como decimos, la Constitución establece que el monarca es el primado de la Iglesia. En las últimas décadas, como heredero Federico ha hecho diversas declaraciones sobre su fe, admitiendo en su día que tenía como costumbre rezar cada noche con sus hijos pequeños antes de irse a dormir, pero también que le resultaba «difícil creer que existiera un hombre con una gran barba» más arriba de las nubes, como soltó en una entrevista en 2017. Claro que la propia Margarita II reconoció en su momento que no había desarrollado su espiritualidad hasta el momento de sentarse en el trono.

En la Iglesia de Dinamarca no hay dogmas rígidos sobre cuestiones como las relaciones sexuales, ni hay una doctrina obligatoria a propósito de asuntos como el sexo fuera del matrimonio, el uso de preservativos o el aborto. Y, en junio de 2012, el Parlamento danés aprobó la norma por la se implantaron las bodas entre personas del mismo sexo en el seno de la Iglesia, si bien cada pastor tiene libertad de conciencia para oficiarlas o no según sus convicciones particulares.

Dinamarca y el Reino Unido se han convertido en dos casos singulares en los que sus monarcas se mantienen como cabezas de sus Iglesias de Estado. En Noruega sucedía lo mismo hasta 2016. Ese año, el Parlamento dio luz verde a varias enmiendas constitucionales y a una nueva ley por la cual la Iglesia Luterana Noruega dejó de depender de forma directa del Estado y el rey, a su vez, fue despojado del rol de primado de la misma que ostentaba.