• Europa Polonia se debate entre alejarse más de Europa o volver a acercarse a la UE

«El patriotismo es el último refugio de los canallas». La cita es del poeta y ensayista británico Samuel Johnson, y aunque ha llovido mucho desde 1775, sigue teniendo vigencia política y puede aplicarse a cualquier político populista en cualquier rincón del planeta. Es la que utiliza la oposición polaca al referirse al gubernamental partido Ley y Justicia (PiS) y a su líder, el ultranacionalista Jaroslaw Kaczynski.

A primera vista, Kaczynski, bajito y rechoncho, inspira ternura. A sus 74 años, conserva la cara del niño que protagonizó en 1962 con su hermano gemelo la película Dos en la luna, aunque la muerte en 2010 de Lech, entonces presidente de Polonia, en el accidente aéreo de Smolensk, empañó su gesto. Jaroslaw pasó un largo duelo en casa de su madre y con sus gatos, pues a diferencia de Lech, nunca abandonó la soltería. Su amor era la política, y para catalizar posiblemente su dolor fraguó con sigilo gatuno la forma de convertir la pérdida personal en bonanza política.

En 2020, decidió presentarse a las elecciones presidenciales, convencido de que la compasión de los votantes por su hermano muerto le daría cierta ventaja sobre su adversario. Pero perdió, y de mala gana. Culpó de su derrota a los poscomunistas, a los judíos, a los antiguos miembros de la policía secreta «comunista» y a la «fuerza maligna» de los traidores de la patria. Ese es el modelo Kaczynski. Ataca a cualquiera que no baile al son de sus impulsos ultranacionalistas o critique un modelo de Estado en el que la cruz no es sólo un símbolo religioso para los creyentes católicos sino también nacional.

El hombre fuerte de Polonia siempre ha sido menos visible que el húngaro Viktor Orban o el italiano Matteo Salvini, pero es un actor clave en el debilitamiento de los fundamentos mismos del poder judicial o, más en general, de la separación de poderes. Kaczynski se siente más cómodo en la sombra, manejando los hilos del poder. Kaczynski actúa desde dentro, es el fontanero que vela y nutre las tuberías del PiS y su nacionalismo. En estas elecciones, el hombre fuerte de Polonia se ha negado a participar en debates televisivos.

La entrada de Jaroslaw en política comenzó los años 70. Siempre caminando junto a su gemelo, se unió a la oposición liberal prooccidental al régimen comunista, y más tarde, en los 80, a la organización Solidaridad. Los hermanos compaginaron su activismo con los estudios superiores de Derecho.

Las negociaciones que condujeron a las primeras elecciones de la Polonia moderna tras la caída de la URSS llevaron al poder a Tadeusz Mazowiecki. Solidaridad ganó la batalla que había librado durante tanto tiempo, pero pronto empezaron a surgir las primeras tendencias centristas dentro del movimiento. Los Kaczynski se pusieron de lado de Lech Wasa, pero cuando éste aceptó convertirse en presidente, se sintieron decepcionados. Su idilio con Wasa se convirtió en animadversión, y así sigue hasta hoy.

Ya bajo las siglas del PiS, refundación del llamado «Acuerdo de Centro», Jaroslaw obtuvo el mayor número de escaños en las elecciones de septiembre de 2005, pero para no perjudicar a su hermano Lech, que concurría a las elecciones presidenciales un mes después, se negó a encabezar el Gobierno. Lech fue elegido presidente en octubre de 2005 (un año después de la adhesión de Polonia a la UE) y nombró primer ministro a su hermano Jaroslaw. Nunca en la historia de Occidente dos hermanos habían ocupado los máximos puestos de poder dentro del Estado. Los gemelos, conscientes de esa anomalía, rara vez salían juntos en público, pero juntos se embarcaron en el mismo proyecto antiliberal de reforma del Estado basado en la doctrina del imposibilismo.

Jaroslaw es un buen estratega. Ha entendido que sólo puede gobernar a la sombra de alguien más popular que él y por eso, ya en las elecciones presidenciales de 2015, propuso a un joven abogado desconocido, Andrzej Duda. Para sorpresa de todos, Duda ganó las elecciones, marcando así el regreso del PiS al poder. La receta funcionó bien y la repitió con Beata Szydo, a quien colocó como primera ministra tras la victoria del PiS en las elecciones de 2015. Esta última fue sustituida más tarde por un joven banquero, Mateusz Morawiecki, que parecía más flexible, sobre todo en sus relaciones con Bruselas y Berlín.

Porque la Unión Europea y Alemania son los demonios contra los que Jaroslaw lucha a diario, aunque su mayor enemigo es Rusia, a la que culpa del accidente aéreo en el que perdió la vida su hermano y de la plana mayor del Estado. Pero lo cierto es que si no fuera por la insuperable e histórica rusofobia arraigada en la opinión pública polaca, Jarosaw Kaczyski, estaría más cerca de Moscú que de Bruselas, aunque al dirigente polaco esta comparación le parezca una canallada. Al igual que Vladimir Putin, el PiS de Kaczyski ha fomentado el clientelismo, ha convertido los medios de comunicación públicos en instrumentos de la propaganda oficial, ha negado derechos a la comunidad LGTBI, y ha puesto en jaque al sistema judicial y a las empresas públicas en manos de miembros del partido o de personas de confianza.