La secreta reunión entre el ministro de Exteriores de Israel, Eli Cohen, y de Libia, Najla Mangoush, iba a marcar un punto de inflexión en el camino, largo y a expensas de la inestable situación en el dividido país africano, hacia la normalización de relaciones. Pero la filtración del encuentro celebrado la semana pasada en Roma ha destruido el puente construido tras intensos contactos en la sombra, ha dañado la diplomacia de Israel y ha causado protestas en Libia y la decisión del Gobierno de Tripoli de investigar y destituir a Mangoush. La dirigente, que no hubiera acudido a la dramática cita sin la luz verde de su primer ministro Abdulhamid Dbeibah, viajó a Turquía en un vuelo organizado por los organismos de seguridad ante los encendidos ánimos, según medios árabes.

Si Mangoush afronta amenazas de muerte, Cohen lidia con críticas en Israel que de forma inédita son compartidas en el Gobierno y la oposición tras hacer pública «la reunión histórica entre los ministros de Exteriores de Israel y Libia». «Cohen ha hecho un daño muy severo a Israel», lamentan fuentes del ejecutivo de Benjamin Netanyahu en alusión a futuros acuerdos de normalización de relaciones. «Los países observan la filtración irresponsable de la reunión y se preguntan: ¿Es éste un país en el que puedes confiar?», denuncia el ex primer ministro y líder de la oposición Yair Lapid que acusa a su sucesor a la cabeza de la diplomacia de pensar solo en lograr «un titular en los medios». Según el dirigente centrista, «es un acto irresponsable y amateur«.

El gran temor de dirigentes de países que no tienen relaciones con Israel es que sus reuniones con el «enemigo» salgan a la luz. No solo porque sus vidas pasan de ser apacibles a estar en peligro sino porque dinamitan vías creadas con mucho sudor, máxima discreción e intereses comunes. No es casual que dirigentes árabes que en público no reconocen la existencia de Israel prefieren dialogar en la sombra con altos funcionarios de Exteriores o del Mosad y no con políticos. Su pesadilla es ver su foto al lado de su homólogo israelí en la prensa hebrea, y peor aún, en la árabe.

Cohen replica que él no fue el primero en filtrar la noticia y señala que el Gobierno libio conocía de antemano la reunión que duró casi dos horas bajo el auspicio de Italia. En su entorno esperan que «la tormenta pase y los contactos se reanuden porque el interés libio sigue siendo el mismo, acercarse a EE.UU y Occidente».

Bajo fuertes críticas alentadas por opositores y rivales, el Gobierno de Tripoli niega rotundamente la cumbre tal y como la presentó Cohen. «Lo que ocurrió en Roma fue un encuentro fortuito y no oficial durante una reunión con su homólogo italiano (Antonio Tajani), que no incluyó ninguna discusión, acuerdo ni consulta», comunicó el ministerio de Exteriores recordando que su ministra reiteró ante el representante israelí «de manera clara y sin ambigüedad la posición de Libia con respecto a la causa palestina». Libia sostiene que sigue oponiéndose a cualquier reunión con representantes de lo que llama «ente sionista».Con todo, desde hace años dirigentes libios mantienen contactos en la sombra con Israel a través del Mosad y el Consejo de Seguridad Nacional para explorar la posibilidad de una normalización de relaciones a cambio de ayuda en materia de Inteligencia, tecnología y seguridad.

EE.UU teme que este caso aumente la inestabilidad en Libia, perjudique al Gobierno que apoya y al mismo tiempo agujeree el incipiente canal libio-israelí y eleve dudas en el más consolidado y comentado saudí-israelí.

Funcionarios del Gobierno de Unidad Nacional de Libia, instalado en 2021 en un proceso apoyado por la ONU, admiten que en la reunión del pasado mes de enero en Tripoli, el jefe de la CIA, William Burns, planteó a Dbeibah el escenario de relaciones con Israel sumándose a los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán bajo el paraguas de los Acuerdos de Abraham del 2020. Citados por la agencia AP, señalan que el dirigente libio lo vio con buenos ojos pero reveló su temor, confirmado estos días, a la reacción en su país debido al tradicional apoyo a la causa palestina.

Las airadas protestas en Libia que incluyeron la irrupción a la sede de Exteriores, la quema de banderas israelíes y gritos como «¡no, no, no a la normalización (con Israel)!» y contra Mangoush llegaron horas después del anuncio de la cancillería en Jerusalén. «El ministro Eli Cohen se reunió la semana pasada en Italia con la ministra Najla Mangoush. Se trata de la primera reunión entre los ministros de Exteriores de los dos países con el objetivo de examinar las posibilidades de cooperación y relaciones entre los países y la preservación del patrimonio de los judíos libios», rezaba el comunicado difundido el domingo por la tarde.

«El tamaño y la ubicación estratégica de Libia dan a los contactos con ella una importancia enorme. Hablé con la ministra del gran potencial que las relaciones confieren a los dos países (…) Nosotros trabajamos ante una serie de países en Oriente Medio, África y Asia con el objetivo de ampliar el círculo de la paz y normalización de relaciones con Israel», añadió Cohen acaparando las alertas de los móviles con la inesperada noticia del encuentro con la representante del país gobernado durante décadas por uno de sus grandes enemigos, el dictador Muamar Gadafi. Pero a medida que aumentaba el enfado en Tripoli, el elogio se convirtió en desmentido libio y crítica interna.

La hiperactividad de Cohen como ministro de Exteriores y su ambición de éxitos inmediatos se debe al calendario que le obliga a hacerlo todo rápido y mediático. En diciembre, dejará el cargo al ministro de Energía, Israel Katz, para volver a ocuparlo en el último tramo de legislatura. Así lo decidió Netanyahu para contentar a sus dos compañeros del Likud cuando formó Gobierno hace ocho meses tras los comicios del 1 de noviembre. Pero la labor diplomática de Cohen no abarca los dos principales asuntos de la agenda internacional de Israel. Las relaciones vitales con EE.UU (deterioradas por la posición del nuevo ultraconservador ejecutivo israelí en el conflicto con los palestinos y el plan de reforma judicial) y el intento de normalizar relaciones con Arabia Saudí están bajo la responsabilidad de Netanyahu y su ministro más allegado, Ron Dermer.

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