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En su cuento Los pequeños ladrones de miel, Wilhelm Busch (1832-1908) dibujó la imagen de unos niños que, en su inocencia infantil y su deseo de golosinas, se acercan sigilosamente a la colmena de su vecino para robar miel. La fábula termina con los dos niños picados por las abejas y llevándose esta dolorosa experiencia como lección. Los ladrones de miel han cambiado con los años. Hoy en día, ya no son niños sino bandas organizadas las que atacan las existencias de los apicultores y los supermercados donde la venden. Eso es lo que está sucediendo en Alemania con los tarros de manuka, una miel producida a partir del néctar de las flores de un arbusto autóctono de Nueva Zelanda, cara donde las haya, y escasa por su complejo proceso de extracción.

Un tarro de 250 gramos cuesta 80 euros y, aún así, vuela de las estanterías de los supermercados y de las farmacias. En internet, por 800 gramos se piden hasta 270 euros sin contar lo que cuesta el riesgo de que te envíen gato por liebre desde China, donde no crece la manuka, que más de un timo se ha reportado.

Es esta miel de propiedades antibacterianas, antioxidante y antinflamatoria tan apreciada y exclusiva que solo gente como el tenista Novak Djokovic o la actriz Scarlett Johansson, por poner algún ejemplo, pueden permitirse el lujo de tomarla a diario mientras los demás toman el Cola Cao de desayuno y merienda para hacerse buenos nadadores.

Hace unas semanas, dos hombres de nacionalidad georgiana fueron detenidos en las cercanías de la ciudad Zwickau, en el estado federado de Baja Sajonia, y condenados a cinco meses de prisión por robar seis tarros de miel manuka en un supermercado tras quitarles con violencia los dispositivos antirrobo. Debieron de ser reincidentes porque la sentencia no fue en condicional. No es el único caso.

El robo de miel de manuka se ha extendido por todo el país hasta el punto de que las grandes cadenas de alimentación ya no ponen los tarros al alcance del consumidor. Hay que comprarlos, si se tiene la suerte de encontrar existencias, directamente en caja, como si fuera tabaco, juegos de ordenador o alcohol; los productos regulados por la Ley de Protección del Menor.

La miel siempre ha sido algo más que un dulce. Incluso Hipócrates de Kos, el médico más famoso de la antigüedad, recomendaba la miel para las fiebres unos 400 años antes de Cristo. Por sus propiedades curativas y su elevado precio -un tarro de miel valía tanto como un burro-, el néctar era también uno de los bienes robados favoritos. A principios de la Edad Media, la Ley Sálica, el código legal alemán más antiguo, advertía contra el robo con severas penas.

Pero en esencia, poco ha cambiado salvo que las penas por robo se han dulcificado y los ladrones de miel se han vuelto más organizados y sibaritas. La demanda de la calmante y purificadora manuka es tal que en Nueva Zelanda los productores se han visto obligados a usar drones y transmisores GPS para proteger no ya la miel acabada y lista para exportar, sino colmenas y colonias enteras.

Hay material para la actualización del cuento publicado por Busch en 1959 a pesar de que hoy en día la miel fluye en abundancia. Solo en Alemania se producen cada año unas 34.000 toneladas. Pero esa, a los cocos del siglo XXI, no les interesa.