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Avanzaba ya la madrugada de este sábado y un nutrido grupo de policías seguía controlando calles en las inmediaciones del Congreso, en el centro de Buenos Aires. Era el final de tres días de tensiones extremas en la política argentina, el cierre de una semana que le dejó un éxito al presidente Javier Milei con la aprobación de la ley ómnibus, aunque la oposición se la haya desguazado parcialmente. Una semana que demostró, una vez más, que la política en Argentina se resuelve en los despachos, pero también en las calles.

«¡La patria no se vende!», cantaba un raleado grupo de manifestantes. A 10 metros, un transeúnte se hablaba a sí mismo, casi a los gritos: «¿De qué le culpan a Milei, si todavía no hizo nada? ¿No se acuerdan de Alberto Fernández?».

Todo sucedía en medio de temperaturas devastadoras, 30 grados y alta humedad en la noche tras un día en el que la sensación térmica estuvo bien por encima de los 40. Y así seguirá siendo en las próximas dos semanas. Tras aprobar la Ley de Bases y Puntos de Partida para La Libertad de los Argentinos por 144 votos a favor y 109 en contra -del kirchnerismo y la izquierda dura-, la Cámara de Diputados debatirá el martes el articulado de la ley. Una vez superado ese paso, el texto pasará al Senado. Si se aprueba, y las señales son favorables en ese sentido, el novato Milei, con solo 38 diputados sobre 257 y siete senadores en una Cámara de 72, se habrá anotado un éxito indiscutible.

«Ningún Gobierno en los 40 años de democracia argentina hizo una reforma de esta profundidad», destacó Rodrigo de Loredo, portavoz parlamentario de la Unión Cívica Radical (UCR), un partido de corte socialdemócrata que gobernó con Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa y fue parte de la coalición de Mauricio Macri. Las críticas a la UCR por haber apoyado la ley han sido fuertes, pero De Loredo sabe que los votantes de la UCR dieron muy mayoritariamente su voto a Milei en la segunda vuelta electoral de noviembre para cortarle el camino al peronista Sergio Massa. Bloquear el gobierno de Milei no era una opción. «Aprobamos lo necesario para la gobernabilidad, rechazamos lo perjudicial para la república!», sintetiza De Loredo.

Ese rechazo a «lo perjudicial» se extendió a otros grupos parlamentarios, como el del PRO, de Macri, y una alianza variopinta de peronistas moderados y socialdemócratas. La suma de esos tres grupos le permitió a Milei aprobar una ley que en el trámite parlamentario perdió mucho, pero sigue siendo un poderoso instrumento de reforma.

«Acompañamos la ley porque es un paso hacia la transformación y el cambio, que es lo que la gente votó», dijo a EL MUNDO Daiana Fernández Molero, diputada del PRO. «Creemos que debíamos garantizar al gobierno una caja de herramientas para que pudiera gobernar después de la crisis social y económica que dejó el kirchnerismo. Y en la negociación mejoramos muchísimo la ley».

Los 664 artículos originales de la ley quedaron en menos de la mitad. Fueron borrados de la ley la reforma fiscal y la moratoria, así como la reforma electoral; se redujo la lista de empresas a ser privatizadas -permanece Aerolíneas Argentinas, pero se quitó YPF-; se frenó el cierre de instituciones culturales; la barra libre para que extranjeros compren tierras; el debilitamiento de controles ambientales y de la ley de incendios forestales; así como las reformas a la ley de pesca que dejaban a las pesqueras argentinas a merced de la competencia de China, Taiwan y España, entre otros países. Los superpoderes que pedía Milei también fueron severamente recortados.

Así y todo, la combinación de la ley con el vasto decreto de necesidad y urgencia (DNU) que se aprobó en diciembre le dan a Milei una serie de herramientas de notable alcance.

Otra cosa es que el presidente sepa utilizarlas, advierte el analista Martín Rodríguez Yebra en La Nación: «En ese mar de opositores al que Milei describe como ‘la casta’ reina la perplejidad. Lidian con un cuerpo extraño. Los que le tienden la mano para ayudar a menudo la retiran mordisqueada»

El presidente «se empeña en sobreactuar audacia como forma de suplir su carencia de diputados y senadores. Él cree en un vínculo directo con la sociedad, sin intermediaciones«.

Ese vínculo directo es en las redes sociales. Milei no hace actos públicos, nunca en la historia democrática a un presidente se le escuchó tan poco la voz como al libertario. Para saber qué piensa hay que ir a la red social X: «La historia recordará con honor a todos aquellos que comprendieron el contexto histórico y eligieron terminar con los privilegios de la casta y la república corporativa. Esperamos contar con la misma grandeza el día de la votación en particular, para avanzar al Senado».

Los próximos pasos de la ley ómnibus encontrarán a Milei entre Israel y el Vaticano, donde visitará al Papa Francisco. Hasta hace poco se detestaban hoy se reúnen y preparan una foto de armonía. Y eso que a Milei lo acusan de no saber hacer política. Lo cierto es que envió al Congreso una ley que era un cajón de sastre, algo nunca visto, y está cerca de llevarse una ley que, combinada con el DNU, le da un margen de acción muy por encima de lo que los políticos profesionales hubieran esperado hace un par de meses. Con un añadido extra: hace siete años, el Congreso argentino fue atacado con 14 toneladas de piedras por parte de organizaciones de la izquierda dura. Gobernaba Mauricio Macri, que no supo cómo manejar el asunto y nunca se recuperó de ese impacto. Milei, conocedor de aquello, exacerbó la batalla cultural y, dirigido por su ex rival y ahora ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, desplegó un operativo de seguridad impactante para que el eje de la política estuviera en el Congreso, y no en las calles.