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Quién. Es un funcionario municipal en la comuna bruselense de Etterbeek que se encarga de la desratización, pero a través de un método innovador.

Qué. De Marcken es un entrenador de hurones y se mueve por las calles con algunos de sus mejores ejemplares y un adorable perro asesino. Localizan colonias y son capaces de poner en fuga a la plaga de roedores para poder sellar las galerías y evitar que entren en las casas.

Hay dos tipos de ciudades en el mundo: las de los ratones y las de las ratas. Siempre había pensado que las belgas, y Bruselas en concreto, era más de las primeras, pero puede que estuviera equivocado. Yo mismo he tenido pequeños roedores en dos ocasiones y pensé que cualquier método para expulsarlos era admisible, pero el trauma del despellejamiento y los chillidos de dolor nos vacunaron para siempre ante la tentación de medidas agresivas. Desde entonces, peace and love, paciencia, lentas capturas y soltado en el bosque a kilómetros de casa. Y hasta ponerles nombre a las criaturas si hace falta.

Creo que tengo más amigos y conocidos que han pasado o sufrido la experiencia que los que se han librado de ella. Son ciudades llenas de verde, con pequeños jardines por todas partes, en las zonas más nobles, las de clase media y hasta en las zonas obreras. Y son ciudades sin cubos de basura, en los que cientos de miles de bolsas olorosas y apetitosas se arrojan a las calles desnudas, a las puertas de edificios y casas antiguas, llenas de fisuras. Lo raro no es que haya ratones, sino que no estén en todas partes. Parafraseando esa idea de que en la UE sólo hay países pequeños y países pequeños que no saben que lo son, se podría decir que en nuestros barrios sólo hay casas con bichos y casas que todavía no han encontrado los excrementos.

Pero una cosa es eso y otra el asunto ratas. De vez en cuando veía alguna, claro, pero a pesar de que circulan estimaciones en millones, en general no he detectado una invasión por las calles, ni en el metro. Por eso cuando dos amigos nos contaron recientemente el shock que supuso descubrir un ejército de ellas trepando arriba y abajo por su casa recién inaugurada, tras un año de obras, se me abrieron los ojos. Y ahora sólo leo, veo y encuentro historias de casos parecidos. La fijación es tan grande que no he podido perdonar una visita al museo del Alcantarillado (sí, existe) que tiene hasta el verano una exposición permanente titulada Rattus. Una visita interactiva para conocer mejor, ¿empatizar?, con ellas y pensar, dicen, una gestión sostenible de la situación. El belga tiene tan interiorizado eso del pactismo y el diálogo que hasta con las plagas busca un consenso.

La comuna de Etterbeek utiliza desde hace una década una técnica innovadora en vez del veneno frente a las ratas: los hurones. Todo gira alrededor de un personaje fascinante, Jean De Marcken, el señor de los hurones. Un entrenador, con un uniforme estupendo, por cierto, que se encarga de todo el proceso. Va con su perro Theo, cazador fiero con carita de ángel, que localiza las ubicaciones en las que puede haber una colonia y encuentran la entrada o salida. Los funcionarios cubren los alrededores de redes y sueltan a uno o dos hurones, pero no más. Para que asusten, pongan en fuga y acorralen a la rata, pero con margen para que escape y caiga en las redes. El objetivo no es el exterminio, insiste siempre, sino cerrar sus galerías, que les permiten moverse a lo largo de kilómetros sin ser detectadas y saltar de basura en basura. Y bloquear para siempre los accesos a las viviendas y tiendas. Un poco rústico, lento, pero muy bio e inclusivo, salvo cuando Theo decide acabar el trabajo por su cuenta y su pelito blanco se tiñe de rojo. Nunca un killer tan despiadado tuvo una apariencia más dulce.