Había mucho en juego, pero ninguna expectativa. Sobre la mesa se han expuesto unos cuantos reproches y guionizados discursos de primer curso de diplomacia internacional, pero todo insustancial, sin peso relevante en las tormentas que caen sobre el tablero geopolítico.

Después de cuatro años, los líderes de la Unión Europea han vuelto a celebrar una cumbre cara a cara con Xi Jinping. Bruselas tenía una lista significativa de quejas, sobre todo económicas para plantar delante de su principal socio comercial, y algún que otro tirón de orejas respecto a los conflictos en curso.

Pero Pekín, aunque ponga buena cara, hace tiempo que mira al bloque con cierta desidia, criticando sus dobles estándares y la influencia estadounidense en sus políticas.

El presidente chino ha jugado este jueves en casa. La alineación visitante estaba capitaneada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, y el jefe de política exterior de la UE, Josep Borrell, quien había calificado la última cumbre, celebrada el año pasado por videoconferencia, como un «diálogo de sordos».

Al arrancar la reunión el jueves por la mañana (hora en Pekín), Xi dijo que la UE debería trabajar con China para «proporcionar estabilidad global, mejorar la confianza política mutua y eliminar todo tipo de interferencia» en la relación bilateral. El líder chino reiteró que ambas partes deben «responder conjuntamente» a los desafíos globales.

«En ocasiones, nuestros intereses coinciden, como en la cooperación en inteligencia artificial y cambio climático. Pero cuando no lo hacen, necesitamos abordar y gestionar de forma responsable las preocupaciones que tenemos«, ha señalado Von der Leyen en su intervención. «La UE busca una relación estable y mutuamente beneficiosa con China, pero en esta cumbre también quiere promover los valores europeos, incluidos los derechos humanos y la democracia», ha añadido Michel.

La brecha comercial

Los jefes europeos llevan tiempo tratando de recalibrar su política hacia China, especialmente por su aireada brecha comercial. Como ha recordado Von der Leyen, el desequilibrio se ha duplicado en los últimos dos años hasta alcanzar casi 400.000 millones de euros. «China nunca ha buscado deliberadamente un superávit comercial», defendía antes de la cumbre un portavoz del Ministerio de Exteriores chino.

Mientras que las empresas chinas siguen invirtiendo y exportando al mercado europeo, el mercado de la potencia asiática se ha ido cerrando para las compañías de la UE, que además protestan por no poder competir en igualdad de condiciones ante la lluvia de subsidios estatales por parte de China.

En septiembre, Bruselas anunció que iba a iniciar una investigación sobre las subvenciones de Pekín a sus fabricantes de vehículos eléctricos, ya que las crecientes importaciones de sus automóviles avivaron los temores por el futuro de los fabricantes europeos. Pekín calificó la medida como una «práctica proteccionista».

La última cumbre bilateral en persona fue en 2019, cuando ambas partes pusieron su firma en una amplia declaración conjunta. A pesar de que en Bruselas acababan de señalar por primera vez a China como un «rival sistémico», el documento era conciliador y abordaba muchos frentes donde ambos actores podían elevar su cooperación. En el actual encuentro, ante la imposibilidad de acercar posiciones en muchos asuntos, ni siquiera se van a molestar en sacar un anodino comunicado conjunto.

Desde que China levantara las restricciones de la pandemia a principios de año, hasta ocho comisarios de la UE, incluidos los jefes de comercio y clima, o el propio Borrell, visitaron Pekín para sentar las bases de la cumbre y avanzar en algunos acuerdos técnicos.

Ante el esfuerzo de los representantes del bloque por al menos recuperar una comunicación regular y en persona con los funcionarios chinos, desde el Gobierno de Xi han lanzado algunos gestos como permitir la entrada sin visa a ciudadanos de cinco países europeos (España, Francia, Alemania, Italia y Países Bajos), eliminar las barreras comerciales a Lituania por su apoyo a Taiwan o promesas de abrir más su mercado a las empresas europeas.

Además de los asuntos comerciales, otro punto clave de discusión durante la cumbre ha sido la invasión rusa de Ucrania y la estrecha relación entre Xi Jinping y Vladimir Putin, quienes han presumido los últimos meses de haber fortalecido su «asociación estratégica».

Los líderes de la UE han pedido a Xi para que utilice su creciente influencia sobre Rusia para detener la guerra en Ucrania. También, según fuentes de la delegación europea, tratan de presionar al presidente de la segunda potencia mundial para que su Gobierno actúe contra aquellas empresas chinas que han sido acusadas de eludir las sanciones occidentales contra Moscú.

El guion seguido por los europeos expone además reproches por el asertividad del ejército chino en la región del Indo-Pacífico y la posición de Pekín ante la amenaza nuclear norcoreana y la ayuda militar del régimen de Kim Jong-un a la Rusia de Putin.