"Decapita y delega": la Doctrina Trump que incendia el tablero global

Actualizado
  • Tensión ‘Operación Rugido de león’, la venganza israelí por el 7-O que llevó a EEUU a la guerra
  • Tablero regional El despiadado Heredero saudí acaricia el sueño de acabar con su gran rival tras la aniquilación del ‘Hitler de Oriente Próximo’ en un doble juego peligroso

Estados Unidos tiene una larguísima historia de intervenciones para doblegar o derrocar a líderes extranjeros. Desde los disparos del Comodoro Perry en Japón en 1853 a la Monarquía en Hawai en 1893. De Nicaragua en 1908 a Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, por los intereses de la United Fruit Company. Del Irán de Mosaddegh en 1953 a Vietnam. De Granada a Irak, Afganistán o Libia. A veces apoyando revoluciones o golpes, a veces instigándolos, a veces simplemente invadiendo o amenazando con hacerlo.

Donald Trump llegó al poder con un discurso antibelicista, diciendo que se habían acabado las guerras, que había que concentrarse en el America First, los problemas domésticos. Que EEUU sería fuerte y vigilaría su patio trasero, pero que nunca más se caería en el error del nation building. Pero en apenas un año el presidente se ha transformado en un marionetista, moviendo cada vez más hilos sobre el tablero global. Bombardeando siete países, capturando o asesinando a líderes, imponiendo gobiernos títere, amenazando y sancionando a jueces, parlamentos o presidentes que se oponen a sus intereses y preferencias.

Nada le parece suficiente. El jueves, en apenas unas horas, afirmó que él en persona tenía que escoger al próximo presidente iraní. «Están perdiendo el tiempo. El hijo de Jamenei es insignificante. Yo tengo que participar en el nombramiento, como con Delcy [Rodríguez] en Venezuela», dijo en varias entrevistas. «El hijo de Jamenei me parece inaceptable». Horas después, insistió diciendo que su preocupación no es que haya o no democracia en Irán, afirmando que le parecía «estupendo» que milicias kurdas iraníes entraran por la fuerza o que un ayatolá no electo siguiera al frente. «No, digo que tiene que haber un líder que sea justo y equitativo. Que haga un gran trabajo. Que trate bien a Estados Unidos e Israel, y que trate bien a los demás países de Oriente Próximo; todos son nuestros socios» (…) «Funcionará muy fácilmente. Funcionará como en Venezuela. Tenemos una líder maravillosa allí. Está haciendo un trabajo fantástico», aseguró. No es una novedad, desde Franklin D. Roosevelt en adelante, muchos presidentes y asesores se han apoyado en una forma de hacer política exterior resumida en la brutal fórmula: «es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

Pero el presidente busca más. Por eso, ha avisado de que La Habana será la siguiente. «Cuba también va a caer. (…) Cortamos todo el petróleo, todo el dinero, cortamos todo lo que viene de Venezuela, que era la única fuente. Y quieren llegar a un acuerdo». Al ser preguntado si Estados Unidos estaba desempeñando un papel en la caída del gobierno cubano, Trump respondió: «Bueno, ¿qué creen? Desde hace 50 años…. esa es la guinda del pastel» se regodeó afirmando que su secretario de Estado, hijo de cubanos, Marco Rubio, está en contacto con las autoridades comunistas.

Pero hay mucho más. En los últimos días, Trump ha amenazado a España con un «embargo» y romper «todos los lazos» comerciales por la decisión de no autorizar el uso de las bases de Rota y de Morón para las operaciones en Irán. Ha insultado y amenazado a Reino Unido por básicamente lo mismo. Y ha señalado al presidente de Israel, su gran aliado, presionando salvajemente para que haya un indulto a Benjamin Netanyahu, acusado de corrupción. «Díganle que lo estoy exponiendo», afirmó en una entrevista. «Es una desgracia (…) No quiero que nada distraiga a Bibi excepto la guerra con Irán. (…) Me prometió cinco veces que lo indultaría. Le dije que no me reuniría con él (si no lo hacía). Lleva un año con eso, sobre la cabeza de Bibi«, afirmó Trump, que durante el proceso judicial hizo que su embajador acudiera a los tribunales para presionar personalmente a los jueces que llevan las causas.

Ola intervencionista

Hay poco que ver con la imagen cultivada durante años, las promesas del y al mundo MAGA. Trump está inmerso en una ola intervencionista, entusiasmado por el éxito del bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán en el verano de 2025 y la captura de Maduro, que siguió como si fuera una película. Cree que está en racha, que es imparable. Que si Roosevelt venció a los nazis y Reagan a los comunistas, él pasará a la Historia como el que aniquiló el régimen de los ayatolás. Mientras exige el Nobel de la Paz.

La última portada de The New Yorker retrata al presidente como un general, como Patton o probablemente MacArthur, el que gestionó Japón después de 1945, por el tipo de pipa en la caricatura. Un presidente general que se lanza a la guerra en Oriente Próximo desde su campo de golf de Florida, rebautizado War-a-Lago, junto a su caddie, el secretario de Guerra, Pete Hegseth.

The Wall Street Journal, usando una cita textual de un alto funcionario del Departamento de Estado, ha bautizado la política de la Administración como «Decapita y delega». El ejército quita de en medio a una cúpula hostil y el presidente deja en manos de los que quedan el encargarse de la gestión, siempre y cuando sea plegándose a las órdenes de la Casa Blanca. En Venezuela, las bajas fueron de soldados, pero en Teherán, el ataque a Jamenei se llevó también a todos los moderados que la CIA había identificado como posibles reemplazos dispuestos a colaborar. Sin un plan claro, las decisiones se van improvisando en función del estado de ánimo del líder, de su humor. Venezuela salió tal y como quería. Irán, claramente, no.

Por eso Trump ha animado una y otra vez estos días a los iraníes a jugarse el pellejo saliendo a las calles para aprovechar una oportunidad única y hacerse con el poder. Igual que George W. H. Bush hizo con los iraquíes en la Guerra del Golfo.

El martes, compartió dos veces en su red social un artículo de opinión del Washington Post firmado por Marc A. Thiessen, ex portavoz de George W. Bush, en que sostiene que no ha empezado una guerra, sino que está poniendo fin a una que llevaba 47 años abierta. La doctrina Trump, según el autor, implica que no hace falta enviar soldados porque otros harán el trabajo. «En otras palabras, no hay necesidad de una fuerza de invasión estadounidense. El pueblo iraní es el que está en el terreno, y el destino del país está en sus manos. Y si las cosas no salen como esperamos, y surge un gobierno que reanude su postura hostil hacia Estados Unidos y su búsqueda de armas nucleares, Trump también puede eliminarlo», concluía. Prueba y error, prueba y asesinato, hasta encontrar el adecuado. El senador Lindsey Graham, el halcón que más presionó a Trump para el ataque, defiende exactamente lo mismo.

Durante su primer mandato, Trump empezó a tejer una red de alianzas, en buena medida de la mano de su entonces gurú principal, Steve Bannon, que viajaba por Europa y el mundo encontrando movimientos afines, think tanks, grupos a los que financiar y a los que enseñar los métodos que habían permitido crear el universo MAGA y convertir a Trump en su líder. Con el objetivo de que lograran llegar al poder. En este segundo mandato, la vía es muy diferente, menos sutil o indirecta.

Por un lado, el presidente apoya expresamente a líderes que considera cercanos. Viktor Orban, la japonesa Sanae Takaichi, el hondureño Nasry Asfura, el salvadoreño Nayib Bukele. Javier Milei. Está en proceso de financiar a sus fundaciones y centros de estudio y asegura, convencido, que han ganado gracias a él, porque iban rezagados y su respaldo oficial cambió todo. Pero, además de eso, ha empezado a plantear su respaldo en forma de chantaje. En octubre de 2025, al recibir a Milei en Washington antes de las elecciones argentinas, condicionó su respaldo al país a que su aliado ganara: «Nuestra aprobación depende de quién gane la elección (…) Si el presidente no gana…. conozco a la persona contra la que competiría, creo, probablemente, esa persona es extremadamente de izquierda y tiene una filosofía que fue la que llevó a Argentina a este problema en primer lugar, así que no seríamos generosos con Argentina si eso sucede. Si él pierde, no vamos a ser generosos con Argentina», avisó sobre el paquete de rescate firmado entre ambos.

Por si no fuera suficiente, también hace lo contrario. En esa misma época, el Departamento del Tesoro sancionó al presidente colombiano, Gustavo Petro, su familia y colaboradores. Y tras la captura de Maduro vino a decir que Petro podría ser el próximo. «Ha sido bastante hostil con Estados Unidos. (…) Espero que me esté escuchando. Será el siguiente», avisó. Brasil y Sudáfrica ha sufrido presiones brutales. En julio, Trump envió una carta muy agresiva al presidente Lula da Silva en la que exigía que las se retiraran las acusaciones de golpismo a su aliado Jair Bolsonaro, e impuso aranceles del 50% a las importaciones brasileñas, a pesar de que el país tiene déficit comercial con EEUU y no superávit. Además aplicó sanciones al juez del Tribunal Supremo, Alexandre de Moraes, instructor del caso, para intentar evitar que Bolsonaro fuera a prisión. Como ha hecho con los jueces del Tribunal de La Haya, que no pueden tener cuentas en bancos ni operar en internet apenas, por haber intentado procesar a Netanyahu por la guerra de Gaza.

En el caso sudafricano, no sólo amenazó con sanciones, y organizó una pequeña encerrona en la Casa Blanca a su presidente, Cyril Ramaphosa, sino que boicoteó las reuniones del G-20 y ha aprobado visados de emergencia para la población blanca, asegurando una y otra vez que hay un proceso de genocidio en marcha.

«Hegemonía iliberal»

En el último número de Foreign Affairs, el politólogo Stephen M. Walt señala que todavía no hemos sido capaces de encontrar una etiqueta del todo exacta para describir el enfoque de Trump en relaciones exteriores. Se han usado algunas como ‘hegemonía iliberal’, y recurrido a las escuelas más clásicas, de realista a nacionalista, mercantilista de toda la vida o imperialista, además de aislacionista. «Cada uno de estos términos captura algunos aspectos de su enfoque, pero la gran estrategia de su segundo mandato presidencial quizás se describa mejor como ‘hegemonía depredadora’, dice Walz. «Su objetivo principal es utilizar la posición privilegiada de Washington para obtener concesiones, tributos y muestras de deferencia tanto de aliados como de adversarios, buscando ganancias a corto plazo en lo que considera un mundo de suma cero».

La tesis es que a diferencia de sus predecesores, Trump no cree que sea siempre bueno que a sus aliados les vaya bien, que el sistema surgido de la Segunda Guerra Mundial haya generado prosperidad. Y que no hay Doctrina Trump per se, sólo sus efectos. «Estados Unidos se ha convertido en una potencia hegemónica depredadora. Esta estrategia no es una respuesta coherente ni bien pensada al regreso de la multipolaridad; de hecho, es precisamente la forma incorrecta de actuar en un mundo con varias grandes potencias. Es, en cambio, un reflejo directo del enfoque transaccional de Trump en todas las relaciones y su creencia de que Estados Unidos tiene una influencia enorme y duradera sobre casi todos los países del mundo»

Esta vez, Trump no tiene a asesores más experimentados, sino a entusiasta y fieles que no cuestionan, y por eso, dice el politólogo, «su deseo de explotar las vulnerabilidades de otros estados ha cobrado plena rienda suelta, impulsado por un grupo de personas designadas por su lealtad personal y por la creciente, aunque infundada, confianza de Trump en su propio conocimiento de los asuntos internacionales».

Todas las grandes potencias han cometido y cometen actos de depredación, de abuso. Sin embargo, lo que distingue la ‘hegemonía depredadora’ «es la disposición de un Estado a obtener concesiones y beneficios asimétricos tanto de sus aliados como de sus adversarios». No es el caso de esta Administración, como ha demostrado una y otra vez, y se vio de nuevo el sábado en Miami, cuando acogió a líderes latinoamericanos afines. «Una potencia hegemónica benigna impone cargas injustas a sus aliados solo cuando es necesario, porque cree que su seguridad y riqueza aumentan cuando sus socios prosperan. Reconoce el valor de las normas e instituciones que facilitan la cooperación mutuamente beneficiosa, son percibidas como legítimas por otros y son lo suficientemente duraderas como para que los Estados puedan asumir con seguridad que dichas normas no cambiarán con demasiada frecuencia ni sin previo aviso. Una potencia hegemónica benévola acoge con satisfacción las alianzas de suma positiva con estados que comparten intereses similares, como mantener a raya a un enemigo común, e incluso puede permitir que otros obtengan beneficios desproporcionados si ello beneficia a todos los participantes», escribe Walt. Es lo que el economista Arnold Wolfers llamó ‘objetivos del entorno’: moldear el entorno internacional para que sea menos necesario el ejercicio manifiesto del poder. Trump, claramente, no está en esa onda.