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Quién. Veterano del movimiento nacionalista flamenco de extrema derecha desde finales de los 70, Creyelman fue senador entre 1999 a 2007 y todavía es el líder del Vlaams Belang en Mechelen. Qué. El partido acaba de expulsarlo tras destaparse que trabajaba, junto a otro viejo conocido, como agente para China, haciendo de intermediario, lobista, conseguidor, espía y chico de los recados para las instituciones belgas y las comunitarias

Según un estudio de las instituciones comunitarias publicado el año pasado, en Bruselas hay unos 800 periodistas acreditados para seguir la información europea. Muchos menos que en 2013, cuando se batió el récord histórico con 1.330, pero el doble que hace 20 años, cuando eran menos de 400. De todos ellos, algunas decenas son chinos que trabajan para los nueve medios o consorcios que están registrados. La cifra no está nada mal, justo por detrás de potencias como Reino Unido o EEUU, entre los países de fuera de la Unión. Lo interesante es que cualquier colega continental podría recitar de memoria sin problemas y de forma automática el nombre de docenas de colegas anglosajones, pero es prácticamente imposible con los chinos, y no por un problema de idioma.

En una década haciendo este trabajo en la ciudad, jamás he coincidido con uno de esos presuntos compañeros. En nada. Jamás he escuchado que hicieran una pregunta (salvo en la Cumbre de ambos bloques), no hemos compartido jamás mesa o sala en una Cumbre, una entrevista o un briefing. Ni intercambiado un saludo.

Según las estimaciones informales de los servicios de seguridad belga, recogidos en diferentes publicaciones en los últimos años, al menos uno de cada cinco de ellos son espías. Y pocos me parecen. Espías chinos, o falsos periodistas-espías chinos, están en todo tipo de escándalos. El último de ellos ha trascendido en los últimos días y es cualquier cosa menos una sorpresa.

El partido de extrema derecha Vlaams Belang expulsó el viernes al ex senador Frank Creyelman después de que una investigación de FT, Le Monde y Der Spiegel destapara que llevaba años al servicio de Pekín para espiar y actuar en favor del gigante asiático. Tom Van Grieken, presidente del partido que, tras lustros sufriendo un cordón sanitario, está muy arriba en las encuestas de cara a 2024, afirmó que «sus acciones van en contra del propósito y la esencia, incluso el nombre, de nuestro partido». Y añadió: «La única lealtad de los nacionalistas sólo puede ser hacia su propia nación». Dulce ironía, porque Creyelman no era el único que conspiraba, vendía información, hacía lobby u ofrecía sobornos para justificar la represión contra la democracia en Hong Kong, la persecución de los uigures en Xinjiang o simplemente para facilitar acercamientos a altos cargos, belgas y comunitarios. El medio local Het Nieuwsblad ha añadido que otro político ultraderechista, Filip Dwinter, también formaba parte de la red de un tal Daniel Woo y hacía los mismos servicios infames, documentados en SMS y correos durante años.

En 2020, Fraser Cameron, ex MI6 y director de un think tank, el EU-Asia Center, fue puesto en la diana por sus vínculos con dos falsos periodistas y ser acusado de trabajar para Pekín. Unos meses antes, la Universidad Libre de Bruselas cerró el Instituto Confucio después de que su director fuera expulsado de la zona Schengen una década por espiar. Y también se mandó a casa a un estudiante de doctorado en 2021 porque su vida académica era una tapadera para su trabajo de inteligencia. Están por todas partes, pero al menos algunos disimulan. Los de la cámara y el micro, ni un poco.