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QUIÉN. Este estudiante de biotecnología molecular se alza con el primer premio del concurso europeo de calabazas gigantes que cada año tiene lugar en Ludwigsburg (Alemania).

QUÉ. El ejemplar ganador suele cortarse y se aprovechan sus semillas, que tiene un alto valor económico.

POR QUÉ. Son un excelente manjar, con propiedades para la salud y el sexo, y se dice que el té realizado con ellas es afrodisíaco.

Alemania tiene un nuevo campeón. Luca Stöckl, estudiante de biotecnología molecular en la Universidad Técnica de Múnich, se ha alzado con el primer premio del concurso europeo de calabazas gigantes que se celebra cada año en la localidad de Ludwigsburg. Con la suya, un ejemplar de 1.052 kilos ha batido además el récord de Alemania.

La calabaza ganadora se cortó, tras permanecer unos días expuesta a cielo raso, ayer. Lo hizo un tallador profesional, con una sierra de cola de zorro, y mucha técnica, pues de la calabaza gigante, si además está premiada, se aprovechan hasta las semillas y no son baratas aunque hace varios siglos lo fueron. Para lo único que valía en la Edad Media una calabaza era para matar el hambre y la libido, hasta el punto de que su consumo en conventos y monasterios era la norma para evitar la lujuria de sus moradores, el pecado.

Ahora resulta que la calabaza, con cuyas semillas se hacían rosarios y su carne alimentaba a los pobres tras la Segunda Guerra Mundial, es un manjar con excelentes propiedades para la salud. Y para el sexo. Se dice que el té de calabaza es afrodisíaco y los naturistas aconsejan a los hombres incluirlo en la dieta porque dicen que incentiva la producción de esperma, aumenta la testosterona, y estimula el sistema inmunológico con sus vitaminas y minerales para la libido. Las semillas de calabaza son fuentes ricas de calcio, potasio, y vitaminas B, E, C, D, K. Ni imaginar quiero qué efectos tendría la infusión de una semilla de calabaza gigante.

Dicen quienes están en este mundillo que Stöckl podrá pedir por cada una hasta 50 euros y aunque no sé cuántas semillas tiene una calabaza, imagino que de la multiplicación resultarán varios dígitos que le permitían cubrir costos.

El cultivo no es fácil ni barato. Stöckl tiene un invernadero climatizado de 200 metros cuadrados, pero eso no le garantiza llevar la calabaza hasta el final. «Hace falta un poco de suerte, entender el suelo y el crecimiento de la calabaza, pues siempre existe el riesgo de que se rompa», explica.

La calabaza ganadora es una variedad procedente de Estados Unidos llamada Atlantic Giant y no manipulada genéticamente. Desde que plantó la semilla, a mediados de abril, hasta que la cargó para llevarla al concurso pasaron tres meses. De finales de mayo a mediados de julio, durante la fase crítica, le dedicó hasta tres horas de trabajo diario. Hay que mantener el suelo con los nutrientes adecuados y regular la temperatura de fruto. Estar atento a si hay que subir la calefacción o enfriar la calabaza con agua nebulizada, según convenga.

A partir de julio sólo hay que mantener la planta viva y eso significa unos mil litros de agua al día y pulverizadores para que la cáscara no se agriete. De lo contrario, no sería posible hacerla engordar, como él hizo, hasta 30 kilos al día sin que se rompa.

El transporte hasta Ludwigsburg fue otro desafío. «Aseguramos la calabaza con seis correas de amarre y alfombrillas antideslizantes. El viaje fue como ir sobre huevos crudos. Hay que conducir muy despacio porque un remolque con calabaza tan grande es una atracción en la autopista y puede provocar rápidamente accidentes por distracción», relata Stöckl, obsesionado con las calabazas desde los ocho años. No se sabe si su fascinación proviene de un cuento o porque una niña se las dio. Para Stöckl lo que cuenta es ir a otra calabaza, aún más grande.