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Los próximos días serán decisivos en una operación de alta y delicada ingeniería diplomática que afectará a Sudamérica, pero que también es muy importante para la Unión Europea (UE): lograr que Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, y Javier Milei, inminente presidente de Argentina, sean capaces de sentarse a conversar.

Si la operación es delicada es, en buena parte, por culpa de ambos. Si Milei hizo campaña afirmando que Lula era un «socialista» con el que no quería relacionarse, porque el socialismo es corrupto y hunde a sus países, Lula envió a Buenos Aires a su equipo especializado en ganar elecciones para auxiliar al peronista Sergio Massa. Pero Massa perdió, Lula felicitó a Milei sin nombrarlo y horas después Milei hizo una sonriente videoconferencia con Jair Bolsonaro.

Es difícil cruzar más agresiones en tan poco tiempo, de eso son conscientes tanto el canciller de Brasil, Mauro Vieira, como la futura ministra de Relaciones Exteriores argentina, Diana Mondino.

«Milei ya eligió al presidente que quiere tener en Buenos Aires el día de la asunción», dijo a EL MUNDO, con amarga ironía, una alta fuente de Itamaraty, la Cancillería brasileña.

En la noche en que Milei ganó la presidencia argentina con un 55,6 por ciento de los votos, Eduardo Bolsonaro, uno de los hijos del ex presidente, subió a las redes sociales un dibujo en el que se veía a su padre a Milei y a Donald Trump sonrientes. El presidente electo de Argentina tiene fuertes afinidades con el ex presidente estadounidense y el ex presidente brasileño, y es bien consciente de que Bolsonaro es poco menos que el demonio para Lula.

La situación de tensión sumó un nuevo ingrediente este miércoles, cuando Milei publicó en la red social X un mensaje: «Gracias a cada uno de los líderes del mundo que se comunicaron conmigo para felicitar a nuestro equipo y manifestarme sus buenos deseos para el futuro de la Argentina».

El mensaje incluía la mención de varios líderes mundiales, entre ellos el chileno Gabriel Boric, de izquierdas, la italiana Giorgia Meloni, de derechas, el francés Emanuel Macron, el ucraniano Volodimir Zelensky y el ministro británico de Asuntos exteriores, David Cameron. No aparecía Lula, pese a que el mismo domingo el brasileño felicitó a los argentinos por la elección, ni Pedro Sánchez, que aún no ha entablado contacto con Milei.

El argentino ha insistido en que no se relacionará con países «socialistas o comunistas», postura que debe moderar su canciller, Mondino. La futura jefa de las relaciones exteriores argentinas viene conversando con su homólogo brasileño, Mauro Vieira, y con el embajador de Brasil en Argentina, Julio Glinternick Bitelli, sí como con el embajador argentino en Brasil, Daniel Scioli. Entre los cuatro están construyendo una red que permita que los dos presidentes se sientan seguros para dar el paso de iniciar una relación.

El caso de Scioli es especialmente interesante. Candidato presidencial del peronismo en 2015, derrotado ajustadamente por Mauricio Macri, logró que Bolsonaro y el actual presidente argentino, Alberto Fernández, conversaran y se entendieran en algunos asuntos pese a haber iniciado sus gobiernos cruzándose descalificaciones e insultos. Scioli quiere permanecer en Brasilia como embajador, y no sería extraño que lo hiciese: Milei formo parte de sus equipos económicos en la campaña de 2015.

El martes por la noche, Lula dio una señal de distensión en la escuela de diplomacia Rio Branco, en el Palacio de Itamaraty.

«No tiene por qué gustarme el presidente de Chile, de Argentina o Venezuela. No tiene por qué ser mi amigo. Él tiene que ser presidente de su país, yo tengo que ser presidente de mi país. Tenemos que tener una política de Estado brasileña y él tiene que tener la suya. Tenemos que sentarnos a la mesa, cada uno defendiendo sus intereses. No puede haber supremacía de uno sobre el otro, tenemos que llegar a un acuerdo. Ese es el arte de la democracia».

Hay que «intentar convivir democráticamente en la adversidad», añadió Lula. Una convivencia que saludarían con alborozo en Bruselas, sede de la Unión Europea (UE), que está buscando cerrar el acuerdo de asociación estratégica con el Mercosur y lo último que necesita es que Brasilia y Buenos Aires no se entiendan. Y también importante para el resto del mundo, porque Brasil presidirá el G-20 en 2024, y una pelea entre el gigante sudamericano y su principal socio regional no sería precisamente una ayuda.