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La semana pasada, una espectacular nevada cubrió Bélgica. No fue Filomena, pero sí la más potente desde 2013. Suficiente para dejar tejados y parques teñidos hasta hoy. Bélgica sólo necesita un poco de luz. El gris perpetuo deja tristeza y apatía en el viajero y un pesar fijo en el sufridor habitual. Pero si cuando despunta el sol, apenas un poco, el país se transforma, la vida resucita y hay una explosión de fuerza y creatividad, cuando está todo blanco ese efecto se multiplica por 10. La nieve no es sólo una cuestión estética, y créanme si les prometo que ése no es factor menor. Precipitaciones como la reciente dejan una serie de lecciones fascinantes sobre carácter, tradición y políticas públicas.

La primera tiene que ver con los coches. La discusión sobre la eficiencia, las reservas ante el uso de calles como aparcamiento y las medidas disuasorias (peajes, límite de 30 km/h, reducción de carriles) está muy presente. Bruselas es un ejemplo curioso. Es donde se tienen la mayoría de los debates, pero también donde mejor se palpan las contradicciones. Los incentivos fiscales hacen que el 25% del parque sea de coches de empresa, a lo que se suman descuentos diplomáticos y que miles de funcionarios no pagan el IVA, lo que provoca atascos masivos, insoportables. Incluso a medianoche, cuando cierran los túneles por mantenimiento.

Durante la nevada, los ecologistas inundaron de fotos las redes sociales mostrando vehículos parados durante una semana, cubiertos de nieve, demostrando que no se usan mucho, pero ocupan un espacio gigantesco. Lo que ha reavivado la presión de quienes abogan por disparar todavía más la tributación y los precios para desincentivar la propiedad.

Más allá del proceder de una economía moderna capaz, incluso antes de la pandemia, de tirar sin presencialismo cuando las circunstancias lo requieren, la segunda lección es sobre los servicios. Un ejemplo. Cada ciudadano o entidad es responsable del trozo de acera de su fachada. Los impuestos son altos, pero las calles están sucias. Por la mía no pasa un barrendero más de dos veces al mes. Pero cuando nieva, es tu obligación impedir que se forme hielo. Aquí hay que limpiar el ancho total para aceras de menos de 1,50 metros y la misma cantidad para aceras más anchas, mientras que en Lieja es sólo un metro.

En Amberes, Charleroi y La Louvière, los inquilinos deben ocuparse. En Bruselas, la obligación «incumbe al propietario o a cualquier titular de un derecho real sobre el edificio o al inquilino, conserje, portero, tutor o responsables del mantenimiento». Algunas localidades exigen el uso de productos que derritan la nieve y el hielo, pero no todas permiten la sal. Así que cenizas, serrín o virutas de madera que luego, claro, deben barrerse y desecharse como abono en la bolsa apropiada.

Si alguien se resbala frente a tu puerta porque no lo limpiaste, eres responsable, y mucho ojo. Moraleja: tú te apañas, búscate la vida y buena suerte. El Estado está y hace lo suyo. A menudo. A veces. Pero si te sientas a esperar, se te congela el trasero. En 1978, James H. Buchanan definió la teoría de la elección pública como «política sin romance». Nosotros, resignados, evolucionados, tenemos la elección à la belge, donde fallan siempre los mercados, los estados y también los teóricos.