• Patio global Las agitadoras españolas del ‘street art’ en Londres

Quién. Es un actor y músico flamenco que ha viralizado su queja tras seis meses de espera para que la principal ‘teleco’ de Bélgica instale internet en la casa de su padre.

Qué. Todo el que llega nuevo a este país recibe el aviso de que contratar y disfrutar los servicios básicos puede ser una pesadilla burocrática y un sinfín de despropósitos, chanchullos y anécdotas que hacen cuestionarse los rankings internacionales de productividad

Hace 10 años, cuando me mudé a Bruselas, descubrí enseguida que Europa no existía. Esa imagen que tienen muchos en España de un continente en el que la eficiencia, la transparencia, la honestidad, la riqueza o el buen hacer es directamente proporcional al número de kilómetro que separan, por el norte, del Ecuador es pura ficción.

Los despropósitos son iguales o mayores que en otras partes. El ejemplo clásico suele centrarse en los servicios públicos, con las deficiencias y retrasos -o más bien atrasos- en la Administración. La burocracia decimonónica. O con los problemas de recogidas de basura, un clásico en estas columnas costumbristas. Pero el shock es quizá más profundo en cuestiones que tocan de lleno al sector privado, dado que los rankings internacionales de productividad colocan a Bélgica en posiciones muy destacadas.

Es muy probable que la manifestación más brutal, sincera y desoladora de sufrimiento que yo haya visto fuera la del día en el que una pobre camarera en la cafetería de uno de los edificios principales del barrio europeo tuvo que soportar a unos crueles periodistas pidiendo, de golpe, tres cafés. No uno ni dos, tres: un solo, uno con leche y un cortado a la vez. Se escuchó perfectamente el sonido del alma rota, el chirriar, la angustia. No concebía tener que procesar algo tan hostil. Ni contemplaba, por su puesto, que esa orden se pudiera tramitar simultáneamente. De uno en uno, con buena letra y en tiempo récord de cinco minutos y merci.

Cuando llegué me avisaron de que me armara de paciencia para conseguir internet. Pensé que exageraban, pero no. El primer intento llevó a pasar tres horas en una tienda, a una negociación infinita y a salir derrotado. En mi calle daban servicio. En mi edificio daban servicio. Pero en mi planta no. Mis vecinos tenían contrato con ellos, pero al segundo no podían y no tenían la menor idea de por qué. La segunda empresa fue más eficiente: tras dos horas llegamos a la conclusión de que podía tener teléfono e internet, pero no televisión. Y no tenían la menor idea de por qué. Asumí a regañadientes que podía vivir sin ella, pero daba igual, porque tampoco ofrecían el servicio sin esa parte del paquete. La tercera firma fue la solución: lo ofrecían todo y además tenía suerte y podía ser inmediato, porque el inquilino anterior había cancelado hacía meses, pero ellos se habían olvidado de cortar el servicio; así que bastó conectar el aparato para conexión automática.

Esta semana se ha hecho viral el lamento del famoso actor y músico Stefaan De Winter, que desde hace seis meses espera y desespera para que la principal teleco ponga internet en casa de su padre en Ostende. Hasta ocho veces le han concertado la cita, pero nunca se han presentado. Y, cada vez, su progenitor tiene que alejarse de su residencia habitual, junto a su mujer, ingresada por demencia. Tras más de 50 llamadas infructuosas, acudió a los micrófonos de un programa de radio para llorar: «No lo entiendo. Si cualquier pequeña empresa hubiera hecho esto, hace tiempo que habría quebrado».

Todos somos y hemos sido Stefaan. Todos hemos llorado y sufrido. Todos nos hemos tirado de los pelos y juramos con frustración e impotencia que no hemos visto algo igual. Decía el sabio Revel que «la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira». Y, en concreto, la de la productividad.