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Netflix acaba de añadir a su oferta Will, una película ambientada en el Amberes de los años 40 y basada en un libro de Jeroen Olyslaegers. La protagonizan dos agentes de Policía que, tras la ocupación, intentan reconciliar sus simpatías y apoyo a la Resistencia con obedecer a la Gestapo. Esos años oscuros son todavía tabú en un país que lidia regular con su pasado y que tiene una historia plagada de espías, conspiradores, traidores, villanos y exiliados.

Son perfectamente conocidos los dirigentes cómplices, los que se quedaron o los que se refugiaron en América Latina o España, como Leon Degrelle. Están documentados los casos de los que por sus servicios al Tercer Reich recibieron una pensión oficial de los nazis y la cobran todavía. Había 50.000 judíos en Bélgica en los años 30 y la mitad fueron exterminados en el Holocausto. Y no hace tanto, apenas unas legislaturas, el entonces ministro de Justicia se hizo célebre cuando dijo que quizás iba siendo hora ya de «olvidarse» del colaboracionismo, en el marco de un debate impulsado desde Flandes para pedir una amnistía a quienes se pusieron del lado de Hitler.

Este 2024 trae diversas efemérides. Randy Buelens, un joven de Strombeek, en el Brabante flamenco, se ha hecho viral al conseguir reunir esta semana 4.000 euros para pagar el viaje a Europa de Chester Sloan, más conocido como Buck, un veterano de la II Guerra Mundial que participó en la liberación de Bélgica y fue herido gravemente en las Ardenas. Buck cumple 100 años el 1 de junio y quería participar, por última vez, en las celebraciones del desembarco de Normandía, aprovechando que tienen un número redondo, el 80. Y ahora podrá hacerlo.

Pero quizás la publicación más importante sea otra. Ha salido hace poco a la venta Tras las huellas, de Jean de Selys Longchamps. Una vida al galope, una biografía firmada por Marc Audrit y en la que se aborda la vida un barón, un dandy, un niño pijo, vago y vividor que tras la invasión se convirtió en un héroe nacional. Él y su compañero, al servicio de la fuerzas aéreas británicas, cumplieron su misión al atacar una vía de ferrocarril cerca de Gante. Tenían que regresar inmediatamente, pero en lugar de eso, el aristócrata puso rumbo a Bruselas. Había pedido permiso varias veces, pero no se lo habían dado. Así que decidió que era mejor pedir perdón que volver a insistir.

Entró en el espacio aéreo de la capital. Localizó el Palacio de Justicia, sobrevoló el Palacio Real y giró por la rue de la Loi. Voló, cada vez más bajo, sobre el parque del Cincuentenario y se encaminó hacia el bois de la Cambre camino de su verdadero objetivo. Una vez en la avenue Lois, localizó el número 453, donde estaban los cuarteles generales de la Gestapo, y disparó. El barón mató a cuatro nazis, entre ellos el SS Sturmbannführer Alfred Thomas, el responsable de mandar a 18.000 judíos de Malinas a Auschwitz.

El piloto y su equipo volvieron sanos y salvos y recibieron medallas, pero siete meses más tarde murió en otra operación cerca de Ostende. Hay miles de historias, leyendas, sobre De Selys Longchamps, pero increíblemente, nadie había escrito la biografía definitiva, que llega 80 años tarde. Es curioso que un pueblo tan carente de mitos, de épica y de héroes no honre a los más recientes con la parafernalia que reserva para cosas menores. Un par de bustos y un recuerdo vago.