• Patio global El ‘caso Ofarim’ o cómo el ego debilitó la lucha contra el antisemitismo

Quién. Esta ginecóloga recorrió en los 90 los pueblos cuya población estaba afectada por el virus y fue la primera que alertó de la epidemia de VIH que había en Henan. Qué. Los centros de transfusión de sangre no estaban en condiciones óptimas, los funcionarios locales atraían a los donantes y los vecinos acudían por el dinero que recibían. Cuándo. Fue perseguida, se mudó en 2009 a EEUU y murió el pasado domingo a los 95 años.

Hay un rincón remoto en el centro de China que en la década de 1990 se convirtió en la zona cero de la mayor epidemia de VIH jamás vista. Se estima que más de un millón de personas se infectaron por culpa de un mercado insalubre de donaciones de sangre que atraía a campesinos a cambio de 45 yuanes, alrededor de seis euros. Dinero suficiente para alimentar a una familia entera durante una semana en aquella tierra entonces muy pobre.

En el condado de Shanghai, en la provincia de Henan, hubo hasta 22 aldeas que se ganaron la etiqueta de «pueblos del sida» porque tenían centenares de habitantes infectados. Había familias enteras de seropositivos, desde el abuelo al nieto.

Fue una masacre durante los siguientes años a falta de medicamentos antirretrovirales, que no llegaron hasta décadas más tarde. En la actualidad, en las comunidades de Shangai, que aún cargan con el estigma del sida por los muchos casos que quedan de finales del siglo pasado, casi todas las familias tienen a algún familiar que murió por VIH.

Esas aldeas las recorrió en los años 90 una ginecóloga llamada Gao Yaojie, la primera que alertó de la epidemia de VIH que había en Henan por culpa de los destartalados centros de transfusión de sangre, instalados en furgonetas que se llevaban al campo. Aunque eran ilegales, estaban respaldados por los funcionarios locales, quienes hicieron campañas para atraer a los vecinos a que donaran y así extraer el plasma.

Para los donantes, era un dinero rápido y muy fácil de ganar. Al darse cuenta de que podían obtener mucho más por ordeñar sus venas que por sacar leche a las vacas o cuidar sus tierras, agricultores y granjeros pasaron años acudiendo a diario a estos centros a hacer donaciones. Henan se llegó a convertir en el gran banco de sangre del país.

El problema fue que se reutilizaban agujas sin esterilizar o se mezclaban bolsas de diferentes donantes que reinyectaban en otras personas. Todo ello lo denunció la doctora Gao tras descubrir el primer positivo en una de sus pacientes, que se había infectado después por una transfusión durante una operación.

Según datos que desveló posteriormente el propio Ministerio de Salud de China, hasta el 43% de los donantes en esos centros ilegales contrajeron el VIH. En la década de los 2000, Gao comenzó a dar charlas en hospitales y colegios, y a hablar con los medios de comunicación, tanto chinos como extranjeros, tratando de revelar la crisis de salud pública que había.

Su trabajo le llevó el reconocimiento de organizaciones internacionales, incluso de la ONU. Pero la respuesta de la administración local de Henan fue tratar de silenciarla. Pasó casi un mes bajo arresto domiciliario.

En 2009, la doctora se mudó a Estados Unidos. Allí se convirtió en una activista que, a través de su experiencia, denunciaba la censura que impera en China, empezando por el miedo que tienen las autoridades locales a la hora de alertar con malas noticias al Gobierno central de Pekín y el peligro que ello conlleva para frenar a tiempo futuras epidemias, como la de Covid que estalló en Wuhan a finales de 2019. Gao murió a los 95 años el pasado domingo en su casa de Manhattan.