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Qué. El número de discotecas abiertas en Alemania decae de año en año desde antes de que comenzase la pandemia de coronavirus: de las 2.300 que había en 2011, hoy solo quedan 860.

Por qué. Los empresarios del ocio nocturno lamentan la falta de rentabilidad de un sector que «lucha por su existencia» y apuntan como posible causa al cambio de intereses entre los jóvenes, que prefieren pasar el tiempo en internet.

Hubo un tiempo en el que las discotecas eran el punto de encuentro de jóvenes (y no tan jóvenes) con ganas de divertirse, mostrar en la pista los pasos ensayados en casa frente al espejo y ligar. Y escribo en pasado porque la tendencia es que el pop, el hip hop, el tecno o el perreo pasarán en unos años a ser bailes de salón, como el chotis, el tango o el pasodoble.

Dicen las estadísticas que en los últimos 12 años han desaparecido del mapa dos tercios de las discotecas en Alemania, y en eso el Covid tiene poco que ver. De las 2.300 discotecas que había en 2011, en 2019, antes de que llegara el coronavirus, sólo quedaban 1.400, es decir, una de cada tres. Llegó la pandemia, los cierres continuados, y cuando las autoridades levantaron la veda a las discotecas, clubes y burdeles -todos en el mismo saco- solo reabrieron 860, que son las que actualmente hay. Eso sí, cada una con su portero porque sin la adrenalina que supone pasar su filtro no hay discoteca que se precie o merezca recordar.

Al parecer, la culpa de que solo vayan quedando para la contorsión colectiva las clases de zumba hay que buscarla en Estados Unidos, pues todo lo que allí empieza se exporta al mundo como tendencia. Los jóvenes estadounidenses dedican los fines de semana a surfear en internet, medirse en videojuegos o celebrar fiestas en casa con alcohol del supermercado, drogas y música descargada en el teléfono, algo parecido a los guateques de la segunda mitad del siglo XX pero sin Peter Sellers.

«El sector lucha por su existencia», afirma Kurt Walsen, presidente de la Asociación Alemana de Locales de Baile y Discotecas. Walsen no sabe con certeza si los jóvenes alemanes evitan desmadrase en lugares públicos por temor a que alguien les haga una foto que luego aparecerá en las redes sociales o es que la gente no necesita ir a la discoteca para ligar, porque para eso también esta internet. «La generación Z baila menos y también tiene menos sexo. Puestos a elegir, prefieren Netflix», sostiene con ironía Axel Ballreich, propietario de dos locales en Núremberg.

Abrir una discoteca en estos tiempos no es rentable, y no sólo porque el cambio en los hábitos de la juventud es palpable. Los costos se han ido por la parra con la inflación, los permisos se endurecen, las quejas por exceso de ruido de los vecinos se cuentan en multas y hay falta de personal, el mal endémico de Alemania. La situación de los clubs es similar, pese al valor añadido que supone tener a un pinchadiscos y actuaciones en directo. «La mejor opción a esta ruina es vender la superficie o utilizarla para otro tipo de negocio», afirma Jan Ublacker, profesor de desarrollo vecinal de la Universidad de Bochum.

Para comprobar de primera mano el estado de las pistas, he hecho un recorrido nocturno en Berlín. Con la información privilegiada de Walsen, aposté con mi santo esposo a que, aun siendo cincuentones los dos, no habría portero que se nos resistiera. Gané, incluido en Berghain, la infranqueable catedral del tecno y del exceso, donde su famoso y muy tatuado portero selecciona arbitrariamente a quien avanza en la cola o descarta a quien no sepa el nombre del DJ invitado. Vi muchas cosas en Berghain y entre ellas una cola enorme esperando entrar, aunque dentro estaba medio vacío. Marketing de supervivencia.