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QUIÉNES. Los belgas están llamados a las urnas una y otra vez en 2024. Tienen que elegir en junio a los diputados, los Parlamentos de las Comunidades y Regiones y los eurodiputados. Y en octubre, a alcaldes, concejales y responsables provinciales.

QUÉ. Todo ello llega en un momento de caos, con la ultraderecha liderando las encuestas en Flandes, los nacionalistas exigiendo confederalismo y las coaliciones, reventadas.

El año 2024 va a ser el de las elecciones. Todo el planeta (salvo China, que sólo se preocupará del Año del Dragón, sin molestos recuentos) estará pendiente de las urnas, desde EEUU en noviembre a India en primavera, pasando por todos los europeos en junio. La atención mediática estará en los caucus de Iowa, en las presidenciales de Taiwan, en ver si los socialistas portugueses sobreviven o si Putin logra un nuevo mandato pese a la feroz oposición. Por no hablar de Venezuela, México o Indonesia. Pero si alguien se va a divertir en este curso son los belgas, que tienen que elegir en verano a los diputados, los componentes de los Parlamentos de las diferentes Comunidades y Regiones y los eurodiputados. Y en octubre, a alcaldes, concejales y responsables provinciales.

Va a ser un espectáculo. El sistema político belga es uno de los más complicados, retorcidos y fascinantes que existe. Nadie, absolutamente nadie, lo comprende, ni los propios responsables. La distribución de competencias no tiene la menor coherencia, hay duplicidades por todas partes y la Constitución es un sudoku. Y todo, en medio de un caos ideológico que permite aventurar fuego, destrucción y un intento de batir su propio récord mundial de Ejecutivo en funciones.

La conjetura de Goldbach o la hipótesis de Riemann son juegos infantiles comparado con hacer listas, repartir escaños y, sobre todo, formar Gobierno respetando equilibrios. Bélgica es una especie de estado federal con características confederales. No tiene (casi) partidos nacionales, sino por idioma. Hay dos sistemas, dos o tres opiniones públicas alienadas e infinitas clavijas inesperadas. El partido más votado, al menos hasta ahora, es la derecha independentista flamenca, que jamás podrá gobernar solo por las limitaciones legales. Un partido clásico de derechas en lo económico, con una retórica migratoria cada vez más dura porque los ultras le están comiendo la tostada. Pero un partido capaz de aparcar sin ningún problema su discurso cuando forma parte de un Ejecutivo, siempre de coalición y siempre liderado por otros, ya que los francófonos no van a permitir lo contrario.

Los analistas no se andan con chiquitas, nada de polarización, fragmentación: lo que ya se preguntan es por la desaparición del país. Si la ultraderecha del Vlaams Belang confirma el liderazgo de las encuestas revolucionará el tablero, porque ya han dicho que van a por todas. Y todo ello mientras el país ostenta durante el semestre la Presidencia del Consejo de la UE. Ríete de las anticipadas convocadas por Pedro Sánchez.

Los socialistas dicen que no aceptan ni de coña el confederalismo hacia el que empuja de nuevo la N-VA. Los verdes, que no vuelven a juntarse en un Gobierno con los liberales del MR, el partido de Charles Michel, que sí podría volver a un Ejecutivo con los nacionalistas flamencos si aceptan renunciar a su retórica. Los puristas marxistas del PTB pasan de unirse a nadie porque son consistentes y les encanta perder. Y nadie quiere tocar ni con un palo a los herederos de los neonazis. Un ensayista habla esta semana del imbroglio belga, el embrollo, la tragicomedia, el sainete. La buena noticia es que los únicos que se mueven en el barro como los italianos son ellos. La unidad de medida del desorden de un sistema no es la entropía, es la belgitude.