Los granjeros tailandeses de los kibutz israelíes atrapados en la guerra

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Durante muchos años, los trabajadores tailandeses han sido parte del paisaje de las granjas israelíes. A mediados de la década de 1990, cuando Israel restringió el número de palestinos que podían trabajar en el país, quedó un importante vació laboral que fue llenado por mano de obra de países del Sudeste Asiático, sobre todo de Tailandia. Un par de décadas después, aprovechando un acuerdo firmado que regularizaba y allanaba el camino a los trabajadores migrantes, una oleada de campesinos de las provincias pobres del noreste de Tailandia, donde el cultivo de arroz es prácticamente el único medio de subsistencia, se desplazaron para trabajar en granjas y campos, viviendo en comunidades próximas a la Franja de Gaza, donde se cultiva el 75% de las hortalizas del país.

Los trabajadores fueron atraídos con pagos mensuales por encima de los 1.000 euros, cuando en su país el salario medio al mes apenas supera los 200 euros. Familias enteras tailandesas se endeudaron para que el padre, el hermano o el hijo pudiera viajar hasta Oriente Próximo para buscar trabajo. Además, muchos se encontraban con una realidad de explotación laboral y alojamientos hacinados e insalubres. Pero lo que no esperaban era que acabarían huyendo a su país, o al menos intentándolo por todos los medios, por miedo a morir en una guerra.

Más de 25.000 tailandeses había en Israel, muchos de ellos instalados en los kibutz, las comunas agrícolas, cuando las milicias islamistas de Hamas atacaron por sorpresa el pasado 7 de octubre. Al menos 30 de ellos se encontraban entre los aproximadamente 200 extranjeros que murieron en aquella masacre. Otra decena fueron secuestrados, engordando la lista de rehenes.

El Gobierno de Tailandia lleva desde entonces ayudando a miles de sus nacionales a regresar a sus hogares. Bangkok ha prometido repatriar a 7.000 trabajadores antes de que termine este mes. Esto supone un duro golpe para unos migrantes que regresan a casa endeudados y desempleados. Pero también puede tener consecuencias para la economía de Israel: estos trabajadores tailandeses representan casi toda la mano de obra agrícola extranjera.

Según Aid for Farm Workers, un grupo recién formado creado para ayudar a los tailandeses atrapados en Israel, había alrededor de 5.000 personas registradas y 1.000 no registradas en el área cercana a la Franja de Gaza cuando ocurrió el ataque. «Mi hijo debe ser liberado. No tengo idea de por qué se lo llevaron. No ha hecho nada malo», implora desde el norte de Tailandia una mujer llamada Thorgkoon Onkeaw. Su hijo, Natthaporn, es uno de los rehenes.

La madre vive en la provincia de Nakhon Phanom, de donde salió hace un par de años Somkuan, un agricultor que encontró trabajo en una plantación bananera cerca de Gaza. Un compañero suyo que sobrevivió y que estaba con Somkuan en el momento del ataque, contó que los militantes de Hamas lo arrastraron fuera del refugio donde se resguardaba y lo ejecutaron a tiros.

Un antropólogo llamado Matan Kaminer publicó una minuciosa investigación hace unos años en la que contaba cómo, tras la Intifada de 1987, muchos trabajadores tailandeses comenzaron a llegar a Israel. Pero el gran movimiento más grande se produjo tras el proyecto de Cooperación Tailandia-Israel para la Colocación de Trabajadores (TIC), implementado en 2013. Este se firmó gracias a las presiones de grupos de derechos laborales, logrando que se regularizada todo el proceso de captación de trabajadores. Una decena de agencias israelíes gubernamentales, con la supervisión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), un organismo de la ONU, se encargaron de las contrataciones.

El acuerdo TIC permitía a los tailandeses trabajar en Israel durante un máximo de cinco años y tres meses, tiempo en el que muchos pagaban sus deudas, compraban una casa a su familia y regresaban a su tierra con dinero ahorrado.

Hasta 5.000 migrantes tailandeses llegaban cada año para trabajar en la industria agrícola israelí. Su situación ha estado expuesta a investigaciones de medios de comunicación y grupos de derechos humanos, que han documentado muertes por «exceso de trabajo», condiciones de vida hacinadas, impagos y riesgos laborales derivados de pesticidas sin la protección adecuada.

Esta semana, siete cuerpos de asesinados en el ataque de Hamas llegaron a Bangkok en medio de una sombría recepción presidida por el embajador israelí y altos funcionarios del país. Era el segundo vuelo que aterrizaba con cadáveres desde Israel, donde están saliendo algunas informaciones sobre que los empleadores están ofreciendo aumentos salariales a sus trabajadores para que no regresen a Tailandia.

Esto ha provocado el enfado del primer ministro tailandés, Srettha Thavisin, que ha pedido a sus compatriotas que vuelvan a casa. «Tenemos que mejorar el estado de nuestra economía aquí para que los tailandeses no tengan que arriesgar sus vidas», dijo Srettha este jueves. El líder señaló que 4.000 tailandeses ya habían sido repatriados, pero que cada vez eran más lo que cambiaban de opinión y decidían quedarse.