Javier Milei ya está en Washington. El presidente electo argentino llegó anoche a la capital estadounidense, después de visitar y rezar en el Ohel, que es como se conoce la tumba del rabino ortodoxo Menachem Mendel Schneerson, una de las personalidades más influyentes del judaísmo ortodoxo, en el barrio de Queens, en la ciudad de Nueva York. Schneerson, conocido como «el Rebe de Lubavitch» o, simplemente, «el Rebe», asumió la dirección del movimiento judío ortodoxo Chabad-Luvabitch en un momento en el que éste estaba prácticamente extinguido por el asesinato de la práctica totalidad de sus miembros en el Holocausto, y lo transformó en una de las corrientes más influyentes de esa rama de la religión hebraica. En el proceso, Schneerson abrió más de 5.000 centros educativos, de acogida de ‘sintecho’, y de tratamiento de toxicómanos en Estados Unidos. Por su parte, Milei, que es católico, lleva tiempo sopesando convertirse al judaísmo.

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Pero, tras la oración, llega la negociación. Hoy Milei tiene los puntos fuertes de su viaje en Washington, donde se va a reunir con representantes del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI) a quienes va a explicar su plan económico, centrado en una reducción del tamaño del Estado, la privatización de la mayor parte de los activos públicos, y la dolarización. Son políticas que el FMI y el Banco habrían apoyado con entusiasmo hace treinta años. Pero que hoy no tienen apoyo en esas instituciones. Una de las razones, precisamente, es Argentina. El país no dolarizó, pero casi, al fijar su tipo de cambio del peso al dólar en 1991, privatizar gran parte de su sector público (frecuentemente vendiéndolo a empresas españolas), crear un sistema de pensiones privado y, en general, adherirse al llamado consenso de Washington, que defendía exactamente esas políticas.

El resultado fueron 11 años de relativa estabilidad económica que culminaron en la mayor suspensión de pagos soberana de la Historia, una devaluación y el colapso del sistema financiero, con el nacimiento de una nueva palabra, corralito, para referirse a la limitación de la cantidad de fondos que los depositantes pueden retirar de las entidades para que éstas no se queden sin nada. En los 22 años transcurridos desde entonces, Argentina vuelto a suspender pagos otras tres veces, ha necesitado otro megarrescate del FMI – que es lo que mantiene en marcha la economía del país – y ha dado marcha atrás en muchas de las privatizaciones, al nacionalizar las empresas que antes vendió. Hoy, el país está en quiebra técnica, sin dinero para pagar a los funcionarios, con una hiperinflación del 147% y con una moneda tan devaluada que cuesta trabajo que una cena para tres personas en Rufino, uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires con uno de los vinos más caros de la carta salga por más de cien euros.

La ruptura de la convertibilidad argentina llegó en medio del colapso de sistemas similares de tipos de cambio fijos o semifijos en Tailandia, Indonesia y Corea del Sur (1997), Rusia (1998), y Brasil (2002), acompañados de suspensiones de pagos en los tres primeros. Al mismo tiempo, las ideas privatizadoras del consenso de Washington no sirvieron para que Latinoamérica saliera de la trampa de los ingresos medios en la que lleva atascada desde hace décadas, ni para que superara su crónica escasez de capital. Hoy el FMI defiende medidas más gradualistas y una combinación del sector privado y el público. Además, queda una cuestión pendientes: si Argentina no tiene divisas, ¿cómo va a conseguir los dólares para que éstos sustituyan al peso?

La Casa Blanca, por su parte, ha reaccionado con una frialdad más que notable a la visita. «El presidente electo Milei viene a Washington, sobre todo a reunirse con el FMI y el Banco Mundial por cuestiones monetarias y fiscales. Pero cuando esté en la ciudad, tendrá la oportunidad de reunirse con varias personas, incluyendo al consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, entre otros», declaró ayer el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby, a los medios de comunicación. Joe Biden no está hoy en Washington, ya que asistirá al funeral de la esposa del ex presidente Jimmy Carter, Rosalyn Carter, y a una serie de eventos en Colorado, con la mirada puesta en las elecciones de 2024.

Milei se ha declarado admirador de los ex presidentes Donald Trump y Jair Bolsonaro, lo que le sitúa políticamente en las antípodas de la actual Casa Blanca. Washington, en general, no tiene el menor interés por América Latina, salvo en lo que se refiere a inmigración (aunque a algunos en América Latina, y sobre todo en Argentina, les cueste digerirlo) y se conforma con que Milei o quien sea mantenga al país estable y, sobre todo, cierre las puertas a la inversión china en sectores estratégicos, como las telecomunicaciones o las finanzas. En ese sentido, EEUU ya ha ganado con las elecciones.