Su último gran discurso en público fue el pasado marzo para abrir la primera sesión del cónclave político anual de China. El primer ministro Li Keqiang, como había hecho otras tantas veces, se presentó delante de los 3.000 delegados de la Asamblea Popular Nacional y leyó la habitual hoja parroquial del Partido Comunista, exponiendo algunos de los últimos logros del Gobierno, dando pinceladas de la futura gestión política y previsiones sobre el crecimiento de la economía. Después de dos mandatos de cinco años, siempre a la sombra del omnipresente presidente Xi Jinping, Li se despidió aquella jornada del legislativo. Se jubilaba. Casi ocho meses después, ha muerto repentinamente de un infarto en Shanghai.

«Falleció diez minutos después de la medianoche del viernes a pesar de los todos los esfuerzos para reanimarlo», rezaba una nota emitida por la cadena estatal CCTV. Li tenía 68 años y, durante la última década, fue el segundo político más poderoso en el gigante asiático.

Incluso el año pasado, con la economía del país desgarrándose por las restricciones bajo la política de Covid cero y con un hartazgo popular hacia los continuos cierres, el perfil de este veterano economista cogió fuerza como un contrapeso más reformista frente al nacionalismo conservador de Xi Jinping.

Hubo muchos rumores sobre si Li, al igual que su jefe extendió su poder un tercer mandato sin precedentes desde la era de Mao Zedong, revalidaría otra legislatura más en el cargo de primer ministro. Al final, en plena reorganización de puestos clave del partido, el mandamás de la superpotencia asiático jubiló a quien había sido su mano derecha y firme defensor del aperturismo del país.

En los primeros años del Gobierno de Xi, el primer ministro fue el responsable de las políticas macroeconómicas. Era visto por muchos como una especie de gurú del crecimiento desenfrenado de la economía. Pero lo cierto es que, poco a poco, su mano en las decisiones clave se fue debilitando mientras que el presidente Xi concentraba cada vez más poder en su figura.

El número 2, en muchas ocasiones, parecía poco más que un figurante con un papel más diplomático que ejecutivo. Pero llegó la pandemia y Li resurgió capitaneando la estrategia para combatir la propagación del virus, así como supervisar todos los pasos necesarios que había que dar para que la economía no se desplomara.

Li viene de unos orígenes humildes en la provincia de Anhui, al este de China. Hijo de un funcionario de bajo nivel y curtido en las juventudes del partido, se formó en la capital, donde se sacó un doctorado en Economía por la Universidad de Pekín y llegó a ganar el Premio Sun Yefang, el galardón más importante en los círculos económicos chinos. En 1998, con 43 años, fue asignado gobernador de Henan, una provincia en el centro del país, siendo el político más joven en la historia de China en ocupar ese cargo.

Pasó por varias secretarías del PCCh en un par de provincias hasta que volvió a Pekín en 2008 como viceprimer ministro. Entonces, su nombre sonó con fuerza como candidato a sustituir al ex presidente Hu Jintao. Era el favorito en todas las quinielas. Finalmente, el elegido fue Xi Jinping y Li fue ascendido a primer ministro en 2013. Cogió el cargo con fuerza liderando unas populares políticas económicas de reforma estructural y reducción de la deuda, que fueron bautizadas como «Likonomics».

Pero su mano manejando el timón reformista duró hasta que Xi se autopromocionó como jefe del Grupo Líder sobre la Profundización Integral de la Reforma, uno de los grupos fuertes que dirigen las políticas económicas. En 2018, Li, que también ocupaba el segundo asiento en el Comité Permanente del Politburó, el máximo órgano dirigente, fue reelegido para un segundo mandato de cinco años. Pero Xi, en esa ocasión, encomendó la gestión económica a uno de sus hombres de confianza, el ex viceprimer ministro Liu He.