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Lucas se mueve hacia un pasillo vacío, baja el tono de voz y pregunta: «¿Cuántas querés?»

No está ofreciendo ningún producto ilegal, solo se trata de latas de atún. Pero el atún se esfumó en ese almacén, uno de los cientos de chinos repartidos por todo Buenos Aires. Lucas, que es chino y no se llama Lucas, pero usa ese nombre, vuelve desde el depósito con dos latas de atún de calidad que se escurren en la bolsa del comprador. En los anaqueles del almacén, un puñado de latas de triste atún desmenuzado, ese que nadie quiere comprar.

Sucede en el chino con el atún, con el maíz enlatado y con otros productos, pero también en una tienda de pintura en la que el cliente llega a la conclusión de que el dependiente está haciendo todo lo posible para que no compre nada.

Es así, en plena tierra de nadie económica entre el final del kirchnerismo y la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, y ante la perspectiva del anuncio de la liberalización total de precios y de una (nueva) y fuerte devaluación del peso, muchos comercios prefieren no vender, en especial aquellos que ofrecen bienes durables. Si se vende hoy, ese dinero no alcanzará para cubrir el coste de reposición. Entre otras razones, porque nadie sabe cuál es el coste de reposición. Argentina es hoy un país sin precios.

En una carnicería cercana al chino de Lucas, Mauricio cuenta que las ventas cayeron un 15% en el último mes y que cada semana, a la hora de comprar productos al mayorista, paga entre un 15 y un 20% más. En las gasolineras, las filas de coches son enormes. Hasta los bancos entraron en la anarquía: a la hora de cobrar con tarjeta de crédito bienes de consumo en moneda extranjera, en los últimos días han aplicado una tasa de cambio propia, arbitraria, mucho mayor que la oficial.

Los consumidores, indefensos. También en una de las tiendas de Zara, que ayer se negaba a aceptar tarjetas y sólo cobraba en efectivo.

Milagros, boliviana con muchos años de residencia en Argentina, liquidaba sus productos en la noche del sábado a precios absurdamente bajos. Debía entregar el local en la medianoche del domingo porque el propietario, que le cobraba 300.000 pesos al mes, unos 300 dólares, pasó a exigirle 1.000 dólares. Y Milagros no los puede pagar.

El clima de incertidumbre no es ajeno a Milei, que en la ceremonia de toma de posesión del domingo aseguró que el Gobierno del peronista Alberto Fernández le dejó «plantada» una inflación del 52% mensual para este verano, que equivale a «un 15.000% anual», dijo, bajo su armadura de economista, el primero en la historia argentina en llegar a la Presidencia. Milei es una máquina de lanzar cifras y afirmaciones que requieren de un doble chequeo.

Pero la estrategia es clara: hacerles ver a los argentinos un panorama actual y un futuro lo más negro posible, para que cuando en los próximos meses las malas noticias abunden, nadie pueda decir que se sorprende. «En una semana de diciembre, la inflación de Argentina es mayor que la inflación anual sumada de Brasil, Paraguay y Bolivia», aseguran en LN+, un canal de noticias muy a fín al Gobierno de Milei.

En ese contexto de creciente desasosiego, todo el país esperaba con ansia el anuncio del nuevo plan económico por parte del ministro Luis Caputo, que debía producirse a última hora de la tarde de ayer (medianoche en España).

Las primeras 48 horas del Gobierno de Milei han sido pródigas en anuncios efectistas, como que se exigirá un 100% de presencialidad a los empleados de la Administración pública.

Otro anuncio, que conecta muy bien con la base más dura de votantes de Milei, fue el de cancelar por un año la publicidad institucional en los medios de comunicación, que en Argentina se conoce como «pauta». Milei y los suyos han llegado a hablar en la campaña de «periodistas ensobrados», por supuestos sobres con dinero a los informadores, y de «hijos de la gran pauta».

Pero nada de eso servirá, ni por asomo, para reducir el déficit en un cinco por ciento del PIB y llegar al equilibrio fiscal, tal como se propone el presidente. Argentina está ante una cirugía económica de proporciones, y solo pide saber, de una vez por todas, cuán fuerte y dura será.