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La dinámica de las primarias republicanas ha quedado fijada entre la urna y el juzgado. Ayer, menos de 24 horas después de que Donald Trump lograra, gracias al apoyo de los evangélicos, un triunfo histórico en las primarias de Iowa, comenzaba en Nueva York la vista oral del juicio del presidente por presuntas injurias promovido por la escritora E. Jean Carroll, que le reclama una indemnización de diez millones de dólares (9,1 millones de dólares).

Es un juicio que en parte obedece a un tecnicismo legal, ya que Trump ya ha sido condenado por difamar a Carroll, con lo que lo único que está en juego es la cantidad con la que el ex presidente deberá indemnizar a la escritora. Trump ya fue condenado octubre por abusos sexuales e injurias contra Carroll, cometidos en unos grandes almacenes en 1995 o 1996, ya que ni ella misma es capaz de recordar el año.

El nuevo juicio civil contra Trump llega apenas cinco días después de que, también en Nueva York, terminara la vista oral de otro procedimiento civil por presunto fraude del ex presidente que podría culminar con una multa de 370 millones de dólares y la prohibición a Trump y, posiblemente, también a varios de sus hijos, de tener negocios en ese Estado. Al igual que en el caso por difamación, la única duda en este juicio es el castigo que el juez impondrá a Trump, puesto que culpabilidad ya ha sido dictaminada por el magistrado.

Los desastres legales de Trump no han impedido que el ex presidente haya conseguido una victoria política sin parangón desde que hace 112 años los dos partidos de Estados Unidos iniciaron el sistema de primarias para elegir a sus candidatos a la presidencia.

Fue el lunes, en Iowa. Trump logró allí el 51% del escrutinio en los caucus, las asambleas de votantes en las que se vota a los candidatos en ese estado. A pesar de sus problemas legales que incluyen, como se ha explicado más arriba, una condena por violación, otra por fraude y una tercera por injurias- Trump goza del pleno apoyo de los votantes republicanos. Y, en especial, de los protestantes evangélicos, un grupo muy conservador en materia social, generalmente de un nivel cultural medio y bajo, y que suele tener la llave del poder del Partido Republicano.

«Tenemos que unirnos, no importa que seamos republicanos o demócratas o de izquierdas o conservadores», dijo Trump tras su contundente triunfo. No parecía ser el mismo político que en noviembre y diciembre calificó a sus enemigos políticos de «alimañas», un término empleado por Adolf Hitler. El Trump triunfal de Iowa recordaba al de la madrugada del 9 de noviembre de 2016, cuando compareció en Nueva York ante sus seguidores tras su inesperada victoria electoral en las elecciones presidenciales. Sus seguidores empezaron a corear «¡Que la encierren, que la encierren!», en referencia a Hillary Clinton; Trump les hizo parar y dijo: «No critiquéis a Hillary. Ha trabajado muy duro».

El júbilo de Trump en Des Moines, la capital de Iowa, estaba muy justificado. Su victoria en el estado no es como ganar las elecciones, pero le pone a milímetros de la nominación republicana. El ex presidente ha logrado todo lo que quería. Ha ganado el primer lugar combate por KO; ha demostrado que tiene una comunidad clave del Partido Republicano -los evangélicos-, en el bolsillo; y ha dejado a la oposición partida en dos, entre el gobernador de Florida, Ron DeSantis, y la ex gobernadora de Carolina del Sur y ex embajadora en la ONU con el propio Trump, Nikki Haley. DeSantis obtuvo el 21,2% de los votos; Haley, el 19,1%.

Los votos de DeSantis y Haley, sumados, les dejan a casi diez puntos del ex presidente, así que los republicanos anti-Trump que aún sueñan con un milagro que frene la nominación de éste deben prepararse psicológicamente para un despertar duro en las próximas semanas. Las perspectivas son particularmente duras para DeSantis, cuya base electoral era, precisamente, el voto evangélico que se ha llevado Trump.

Haley puede aguantar algo mas con una coalición de republicanos con un nivel educativo más alto. Se trata de centristas e incluso de demócratas, que en algunos Estados -como Iowa- pueden votar en las internas republicanas. Pero sus posibilidades reales en el medio plazo son nulas, incluso que lograra ganar a Trump en New Hampshire, que celebra sus primarias el lunes.

El Partido Republicano es, así pues, el partido de Donald Trump. Eso significa una radicalización política total. Dos tercios de los republicanos que votaron en Iowa creen que Donald Trump ganó las elecciones de 2020. Un porcentaje similar de los que han dado su apoyo al ex presidente afirma que una condena de Trump en alguno de los cuatro procesos penales que tiene en su contra, y que pueden llevarle a la cárcel, no influirá en su voto. Aproximadamente la mitad de las personas que acudieron a votar a los caucus comparten la opinión de Trump de que «los inmigrantes corrompen la sangre del país». Con ese electorado cualquier propuesta que no sea la de Trump no tiene futuro.