• Ecuador Asesinan al candidato presidencial ecuatoriano Fernando Villavicencio

«Fernando Villavicencio sería hoy el presidente de la República. El mismo día que le mataron publicó que iba en segundo puesto en las encuestas, tenía esa certeza. Además sabía que era el mejor orador para el debate de candidatos, estaba seguro de que pasaría a segunda vuelta y de que ganaría. Pero también estaba convencido de que si ganaba no le dejarían posesionarse por todos los frentes que tenía abiertos: con (el ex presidente) Rafael Correa, con (el líder socialcristiano) Jaime Nebot, con el narcotráfico, con los generales de la policía y militares corruptos y con jueces corruptos a quienes amenazó con llevarles a la cárcel. Su asesinato cambió el tablero electoral del país».

Verónica Sarauz recibe a EL MUNDO en su casa familiar de Quito transcurridas 16 semanas del magnicidio que cambió la historia de su país. La viuda de Villavicencio, el periodista cuyas investigaciones fueron decisivas para airear la corrupción de la revolución ciudadana y para condenar al ex presidente Rafael Correa a siete años de prisión, se dedica hoy en cuerpo y alma a que se conozca toda la verdad del atentado que conmocionó a Ecuador y a América Latina. El segundo gran magnicidio del siglo en el continente junto al del presidente haitiano Jovenel Moïse.

Si Villavicencio estuvo durante años en el centro de la diana, en un país que se ha convertido en el epicentro del narcotráfico continental, ahora le toca a ella. «Qué más me pueden hacer, asesinaron a mi marido, nos han perseguido durante diez años», confiesa.

Sarauz confirma a este periódico que tiene una conversación pendiente con el presidente Daniel Noboa, quien lleva una semana al frente del país. «Quiero saber cuál es su postura hoy después de apoyar la investigación durante su campaña. Noboa no sería presidente si no se hubiera producido el atentado. El asesinato de Fernando provocó un estado de shock, de pánico, en el país. Y por eso votaron a quien en el debate de candidatos vieron sereno, ecuánime, que no quería broncas. Y porque apareció con el chaleco antibalas y lo que ello significaba: si yo soy candidato presidencial y tengo miedo, imaginen cómo se sienten todos ustedes», descifra la mujer de Villavicencio.

«Lo que pasó en Colombia en los 80 y 90 se repitió en Ecuador en 2023. Políticos se juntaron con el narcotráfico y grupos de delincuencia organizada para asesinar a Fernando, que les era incómodo a todos ellos. Algún día vamos a llegar a la verdad, al menos yo no pienso desistir», asegura muy convencida Sarauz, pese a la espesa telaraña que envuelve la conspiración. En principio, la audiencia prevista para ayer en el proceso contra los seis detenidos que quedan vivos, tras el asesinato de siete sicarios colombianos en la cárcel, se retrasó tras un ardid procesal.

«En el asesinato de Fernando está involucrado un grupo delictivo que se llama Los Lobos. Una fracción de esta organización criminal contrató a los sicarios colombianos, que acabaron estrangulados en una cárcel de Guayaquil, seis de ellos, y en Quito. Hay un dato interesante que casi nadie sabe: esto sucedió porque los sicarios hablaron con el FBI e iban a colaborar en la investigación a cambio de que les sacaran del país. La recompensa que ofrece EEUU (cinco millones de dólares) también les incentivó. Fueron estrangulados antes de que los sacaran de la cárcel», desvela Sarauz.

Los otros detenidos en la investigación del atentado son dos mujeres y cuatro hombres, «una fracción de Los Lobos liderada por Laura Castillo. Ella solicitó el cambio de defensa y por eso se aplaza la audiencia. Estas bandas dan seguridad a los grupos del narcotráfico y mi esposo investigaba los nexos de los puertos, por donde salen los cargamentos de drogas. Esas palabras (cuando dijo que su primera medida sería militarizar los puertos) le costaron la vida. También hay grupos políticos cuyos brazos de choque son estas bandas», pormenoriza Sarauz.

Se trata sólo de los primeros detalles de una «telaraña enorme, un complot» en el que no sólo están los sicarios colombianos que ejercieron de gatilleros el día del asesinato y quienes les contrataron, según las investigaciones. Según los aportes realizados por un testigo protegido (pareja de Castillo), los tentáculos políticos también asoman en la muerte de Villavicencio, en especial de miembros de la revolución ciudadana, a quienes señala por aportar los 200.000 dólares para el pago de los sicarios.

Sarauz también está convencida: «Y no sólo el testigo protegido, los sicarios también dijeron lo mismo antes de morir. Nosotros entendemos que hubo un complot en el que participaron varios líderes políticos de este país que asesinaron a Fernando. Pertenecen no sólo a la revolución ciudadana, también a otro grupo político», asegura Sarauz.

En abril pasado, Villavicencio recibió información de que cinco asambleístas querían contratar a unos sicarios para acabar con su vida y con familia, y así lo denunció ante la Fiscalía. Se trataba de cuatro dirigentes de la Revolución Ciudadana y uno del Partido Social Cristiano. Esta investigación sigue en curso.

Distintas zonas oscuras salpican la investigación. «Los miembros de la cápsula de seguridad no contaban con los elementos necesarios para protegerle, a pesar de que se habían hecho los pedidos. Sólo eran cinco escoltas, (las autoridades) nunca tomaron en cuenta el nivel de riesgo que tenía. Así los sicarios tuvieron toda la libertad para moverse en el mitin. El general Patricio Carrillon (ex ministro de Interior) declaró que vio al sicario que disparó a los pies de Fernando en el mitin y se le hizo sospechoso. En la tarima y debajo el sicario. Todo esto es sorprendente y sospechoso», ahonda la viuda.

Villavicencio murió por un solo disparo de 9mm, realizado por el sicario cuando ya estaba en el interior del auto. La bala rebotó y se desvió contra su cabeza. «Si Fernando hubiera estado en un carro (coche) blindado no estaría muerto», concluye. El entonces candidato presidencial sí contaba con un auto blindado, pero ese día el chófer, un amigo de la familia, no había acudido a su trabajo.

«Yo le había conseguido hasta 15 chalecos, de todos los tamaños y formas. Para él me decía: cuando quieran matarme me meterán un tiro en la cabeza. Y así fue, un solo tiro en la cabeza», rememora.

Verónica tampoco olvida todos los coletazos sufridos tras el atentado, algunos que jamás imaginaría: «Los que Fernando creyó sus amigos en realidad fueron unos buitres. No llevaba una hora muerto cuando ya querían arrancar algún pedazo de su cuerpo para sacar réditos políticos. Fue muy horrible lo que pasó esa noche. Sus supuestos amigos peleaban por quién debía reemplazarlo. Al final fue el que menos pensamos, el amigo íntimo de la familia, Christian Zurita».

El también periodista de investigación, estrecho colaborador de Villavicencio, encabezó la candidatura presidencial de Construye, cuyo grupo de 29 diputados se ha fragmentado por luchas internas. Francisco Jacomé, que lideraba Gente Buena, se escindió para unirse al expresidente Lucio Gutiérrez, quien en su día también persiguió al periodista.

«La única que sigue las directrices de Fernando es María Paula Romo (mano derecha del expresidente Lenín Moreno durante su mandato), con Construye y 19 asambleístas», explica Sarauz. Este movimiento persigue estos días la puesta en marcha de una comisión de investigación parlamentaria sobre el magnicidio.